jueves, abril 12

Soy sencillamente un revolucionario


Capítulo, íntegro e inédito en internet, del libro "Chávez nuestro", recién editado en EspañaSoy sencillamente un revolucionario
Hugo Chávez Frías
Rebelión
Tras su éxito en Cuba, Venezuela y numerosos países de América Latina, llega a España de manos de la editorial Hiru el libro "Chávez Nuestro", de los periodistas cubanos Rosa Miriam Elizalde y Luis Baéz. En esta obra, personas cercanas al presidente venezolano -familiares y compañeros- hablan de aspectos personales de Chávez, así como de relevantes episodios políticos acaecidos en la Venezuela de los últimos años. Rebelión.org reproduce, con el permiso editorial, el último capítulo de este libro, escrito por el propio Hugo Chávez
Nos esperaba en Miraflores, a las diez de la noche. Poco antes, nos habíamos encontrado con el candidato a la gobernación del Estado de Miranda, Diosdado Cabello, quien salía de una reunión y estaba enterado de que nos entrevistaríamos con el Presidente venezolano Hugo Chávez Frías: “Prepárense, que seguramente será para largo”. Fueron seis horas de conversación que volaron debajo de un techo de palmas, en el patiecito que queda a un costado de la oficina presidencial, sin más testigos que el frío que en la madrugada envuelve al valle caraqueño.
Sin embargo, con Chávez el tiempo de conversación nunca es demasiado. La mayoría de los temas que llevábamos en nuestra agenda se quedaron sin tocar, mientras otros aparecieron de forma inesperada y matizaron de emoción un diálogo que pretendía seguir las pistas de algunas historias truncas que compañeros, vecinos de la infancia y familiares del Presidente nos revelaron en una peregrinación por Caracas y por los Estados de Lara, Táchira y Barinas.
Queríamos rastrear los detalles que no aparecían en las numerosas –y casi siempre extensas– entrevistas publicadas desde los días de la rebelión militar del 4 de febrero de 1992. Más que reflexiones sobre la historia convulsa de la Venezuela de las últimas décadas, sobre la cual existe otra abundante bibliografía, nos interesaban los rasgos vitales de una personalidad fuera de lo común, turbulenta y sensible. Nos habíamos propuesto descubrir otras muchas facetas de este jefe de Estado que rompe todas las convenciones: alguien que suele cantar a mitad de los discursos, y a quien los venezolanos más humildes sienten tan franco y familiar.
Sabíamos que, aun cuando se prolongara durante horas, esta sería una entrevista incompleta con un ser humano que ha vivido muchísimo más de lo que cabría esperar en alguien que acaba de cumplir 50 años de edad. Con él no sentimos esa distancia protocolar, a veces fría, que supone el encuentro con un jefe de Estado. Hugo Chávez nos recibió despejado y animoso, vestido con camisa roja y jeans azul, y nos esperó al pie del elevador, sonriente, con el bate que Sammy Sosa utilizó el 25 de febrero de 1999 en un juego de exhibición en la Ciudad Universitaria de Caracas. Ese día el Presidente ponchó al pelotero dominicano y Sammy le respondió con seis jonrones. “Este no es cualquier bate –dijo con picardía–. Con este les voy a conectar un jonrón a los gringos el día del referendo. Ya lo verán”.
Y así fue.
El bate de Sammy Sosa
Van a creer que es mentira, pero yo ponché a Sammy Sosa. La culpa la tuvo él. No durmió esa noche, mientras que yo me acosté temprano. El negro parece que se fue a parrandear y llegó como a las cinco de la mañana... Lo despertaron a las diez. No se quería levantar. Con el estadio repleto, el anuncio de “Chávez contra Sammy Sosa”, y toda una porfía en los medios. Finalmente, el compadre se levantó, se dio un baño, y en eso me dijeron que había ido a un médico, porque estaba muy débil –en realidad no había dormido en dos noches–. Se tomó algo así como un estimulante. Me decían: “Usted está loco, Presidente, cómo le va a pitchear a ese hombre, que pega unos batazos a no sé cuántos kilómetros por hora”.
Llegó el negro allá y le tiré una recta afuera. La dejó pasar. Detrás me dio un foul y luego, vino una curvita. ¡Ah, ponchado! Luego me propinó seis jonrones seguidos. Todavía andan buscando las pelotas por La Guaira. Miren como quedaron marcados los pelotazos. ¡Claro, si bateó con este bate! Él me lo regaló y yo le mandé a poner un barniz para preservar la mancha de los pelotazos. Que se preparen, porque con este bate voy a conectar un jonrón, como ese que voy a dar el 15 de agosto, en el referendo. ¿Cómo fue que le dije a Fidel?... “Agáchate, Fidel, que la pelota va a pasar por arriba de La Habana, hasta la Casa Blanca. Y si ves que no llego, dame un impulsito”. Pero con este bate de Sammy Sosa, ahí sí que el batazo no para hasta Washington...
Jugando con Gabi y Rosinés
Anoche estuve jugando con Rosinés y les voy a mostrar lo que ella y mi nieta Gabi pintaron. Primero, hicieron un dibujo entre las dos, porque estoy enseñándoles a colorear un óleo. En un descuido mío se embadurnaron las manos con óleo rojo y las pegaron en la pared. ¡Una embarradera...! Tuve que buscar alcohol para limpiarles las manos. Estaban como poseídas por el “¡uh! ¡ah!”. Fíjate lo que dice aquí: “¡Uh, ah! Chávez NO se va”.
Las dos se aman, se ven y es una locura. ¡Una locura!, y si se reúnen conmigo, locura al cuadrado, o al cubo. Ellas se dividen siempre el espacio: Gabi pinta de un lado y Rosinés del otro. Aquí Gabi pintó una ola –parece una roca, pero es una ola–, y Rosinés dibujó otra por aquí. Gabi puso el barco de rojo, y Rosinés también les dio ese color a su barco y al chinchorro que está en la costa. “¿Por qué todo rojo?”, les pregunté. “Porque estamos en tiempos de rojo” –contestaron.
Después, entre ellas estaban hablando de Florentino, mientras Rosinés pintaba la bandera. “¿Y esa bandera?”, le pregunté. Dijo la niña: “Bueno, ¡porque yo soy bolivariana y revolucionaria!” Y Gabi: “Yo también soy bolivariana y revolucionaria.”
Mamá y papá
Cuando mi papá conoció a mi madre, él andaba en un burro negro vendiendo carne. Esos cuentos yo los oí de niño, pero mi mamá siempre me dice: “Este Huguito sí que inventa. Eso no era así”. “¿Y bueno, cómo era, pues?”, porque ese es el cuento que me contaba la abuela.
Papá era un negro buen mozo, alto, esbelto, y la conoció a ella, catira. Papá tenía 21 años... Cuando Adán nació, en 1953, mi mamá tenía apenas 18. Era una muchachita... Toda la vida juntos, y ¡cómo han pasado cosas esos viejos!
Mi mamá cuenta que el 4 de febrero de 1992, apenas salió la noticia de la rebelión, dijo: “Ahí está Hugo”. En cambio, mi papá, que ese día estaba en una finquita ocupándose de unos cochinos, se enteró por alguien que pasaba en bicicleta: “Hugo, hay un alzamiento militar”. Dicen que mi papá se quedó tranquilo. La persona le preguntó: “¿Y usted cree que fue su hijo...?” “No, él no se mete en eso”. Pero mamá, inmediatamente, se puso las chancletas y salió a buscar a Cecilia: “¡Ay, Cecilia! ¡Ay, Cecilia, es que hay un alzamiento y el Huguito debe de estar en eso”. ¡Qué cosas!
Recuerdos de Sabaneta
Se me aguan los ojos cuando leo lo que ustedes han escrito de Sabaneta. Por ejemplo, eso que les dijo Flor Figueredo.
María nos dijo que cada vez que usted pasa por allá, ella lo busca para llevarle un dulce.
¡Ah!, María Chávez, allá en Santa Rita. ¿Fueron a Santa Rita?
Sí.
Nosotros íbamos hasta en bicicleta. Está enferma del corazón la María.
Nos contó que padece de una “broma” en el corazón y que por eso ya no le puede traer dulces a Miraflores.
Ella me lleva los dulces a dondequiera y se mete entre los soldados: “Déjeme pasar, que yo soy la tía abuela”.
Y Joaquina Frías recordó que su abuela Rosa Inés lloró desconsolada porque usted no tenía zapatos para ir a la escuela.
¡Ah!, las alpargatas viejitas que hicieron llorar a mi abuela... ¿Rosa Figueredo está viejita, verdad? Ella era muy amiga de mi abuela. Abuela vivía en una esquina y Rosa Figueredo en la otra, a una cuadra, y eran más o menos de la misma edad. Mi abuela murió muy joven.
Qué sentimiento tan bonito recibí cuando leí lo que dijo Flor Figueredo. Ella era muy bella. Fue novia de un español, un canario, y yo la celaba. Flor se la pasaba en nuestra casa, porque era amiga de mi mamá. Recuerdo que un día me tocó dar un discurso en honor del primer obispo que nombraron en Barinas, monseñor Rafael Ángel González Ramírez. El obispo visitó Sabaneta. Yo estaba en sexto grado y me designaron para decir unas palabras a través de un microfonito. Flor Figueredo, tan linda, me dio un beso. Me sentí en las nubes. No se me olvida que me dijo: “A Huguito le va a gustar dar discursos, mira qué bien lo hace.”
Las fotos
Mi abuela era una mezcla de negro con indio. Mi mamá, catira y coqueta, coqueta. La recuerdo cuando íbamos a los toros coleados durante las fiestas patronales de octubre en honor a la Virgen del Rosario, que es la patrona de Barinas. Mamá se ponía lindísima esa noche y yo la celaba de cualquiera que se le acercara. Me ponía siempre pegadito a ella. Era y sigue siendo muy linda; sí, muy linda. Mi papá noble, muy noble.
Mi mamá tuvo puras hermanas: Edilia, Edith, Rosario, Elvira... El nombre de casi todas empieza por “E”. Son las hijas de mi abuela Benita, que en paz descanse... ¿Consiguieron hablar con Silva?
Sí, y con Egilda Crespo, la maestra suya de cuarto grado...
Silva me daba sexto grado y lo cambiaron. Recuerdo el día en que se despidió en el aula. Yo me puse a llorar y él me llamó: “Huguito, venga, no llore”. Me llevó para el pasillo y me abrazó.
Yo rivalizaba con Juan, un hermano de él que tenía la edad de Adán. No nos soportábamos, porque nos enamoramos de la misma muchacha, de la Coromoto Colmenares, una de las dos que me comieron los dulces de lechosa –“arañas”– de mi abuela. Les voy a contar un secreto: ellas no me comieron los dulces de lechosa; yo dejé que se los comieran. Claro, los adultos no se enteraban muy bien de esas cosas. La Coromoto me gustaba; era linda la Coromoto, y mayor que yo...
Silva tenía un gran espíritu de superación. Lo único malo que le veía era que llegaba a los recreos y se la pasaba conversando mucho, de manera sospechosa para mí, con Egilda, la maestra. Eso fue en cuarto grado, pero luego fue mi maestro en el sexto, y le tomé mucho cariño y le tuve un gran respeto...
Egilda era suplente, porque la titular de cuarto grado salió embarazada. Se llamaba Lucía Venero. Le dieron permiso y trajeron a esta muchacha de Santa Rosa. Las hermanas Crespo son bellísimas. Jamás me olvidé de Egilda.
Cuando estaba preso en Yare, me pidieron que escribiera el prólogo de un libro de Zamora, sobre la Batalla de Santa Inés. Al hacerlo, rememoré los tiempos de la escuela Julián Pino, y hablé de la maestra. Alguien le avisó a ella, porque ese prólogo salió en un suplemento dominical que publicaba Nelson Luis Martínez. Egilda me mandó una carta a la cárcel y luego fue a visitarme con mamá al Hospital Militar, donde me habían operado. A la maestra la conocí enseguida, por esos preciosos ojos azules que me fascinaron cuando era un niño.
Luis Reyes Reyes
De cadetes nos veíamos en Barinas durante las vacaciones, y en el abrazo de Año Nuevo. Él pasaba por mi casa y yo por la suya, a saludar a los viejos, a sus hermanos y en particular a la negra Virginia, su hermana, con quien a veces salíamos a las discotecas.
A Luis lo quiero mucho. Recuerdo cuando éramos muchachos en Barinas y jugábamos béisbol. Él no era malo como jugador, pero su equipo... Sólo ganaron un juego y los muy pícaros lo aprovecharon muy bien. El dueño del almacén Todo –así se llama el equipo donde jugaba Luis– era un árabe que financiaba la franelita, la gorra, los guantes... El árabe no sabía nada de béisbol.
El equipo con que yo jugaba, el Transporte, era bueno y casi nunca perdía los campeonatos. Yo era pitcher de relevo. Uno de esos días en que nos enfrentamos, invitaron al árabe y tuvieron tan buena suerte que ganaron. Creo que fue la única vez en la historia de Barinas que nos ganaron en el béisbol. Todo por un error: un batazo entre dos. El árabe botó la casa por la ventana. Hasta mandó a matar una vaca. Él estaba convencido de que eran los campeones, a pesar de que Luis y su gente estaban en el último lugar.
Ana Domínguez de Lombano
Hay anécdotas que se cruzan con el tiempo y se pueden confundir. Pero estoy seguro de que conocí a Ana, la hija de Maisanta, en 1979, y fui solo a su casa la primera vez. A los pocos días regresé con mi mujer y mis hijos. En ese tiempo me pasaba la vida en los cuarteles hablando de Maisanta y declamando el poema de Andrés Eloy Blanco, que habla de ese “guerrillero”. Se convirtió en un arma de batalla, en una arenga revolucionaria con arpa, cuatro y maracas. Imagínate tú, 200 soldados y yo ahí parado con un micrófono: “En fila india, por la oscura sabana, / meciendo el frío en chinchorros de canta, / va la guerrilla revolucionaria”. Ahí le ponía el énfasis, en lo de la guerrilla.
Estábamos ese año en unas maniobras con el Batallón de Tanques. Antonio Hernández, un compañero de mi promoción –hoy cónsul nuestro en Miami– no fue a la maniobra. Se quedó en Maracay. Cuando regresé, él había leído por casualidad en el diario El Siglo un artículo escrito por Oldman Botello, “Maisanta, el general de guerrilla”. “Mira, Chávez, lo que conseguí”. Agradecí muchísimo que hubiera reparado en este texto, porque yo andaba empeñado en escribir el libro –que nunca he escrito, pero no pierdo las esperanzas de hacerlo algún día.
Ya estaba investigando. Había venido incluso a este mismo Palacio de Miraflores, a la sala del Archivo Histórico y una vez hasta me prestaron un documento, que vaya usted a saber dónde está, porque lo perdí en los allanamientos que siguieron al 4 de febrero.
Tenía unas cajas llenas de materiales: documentos, apuntes, casetes... Lo que más me llamó la atención de aquel artículo fue la revelación de que en Villa de Cura vivía una hija de Pedro Pérez Delgado. Había una foto del autor del artículo y salí para Maracay a buscar al hombre. Recuerdo que llegué a una ferretería que queda en la esquina de la plaza Bolívar, y empecé a mostrar la foto y a preguntar por él. Un señor me dijo: “¡Ah!, ese es el diputado”. “¿Dónde lo consigo?” “Ahí, en la Asamblea Legislativa”. Botello era diputado regional del Estado de Aragua, del Movimiento al Socialismo (MAS). Esperé como dos horas en la Asamblea y cuando iba saliendo, su secretaria le indicó que un oficial lo estaba buscando.
Me explicó y me graficó en un papelito cómo llegar a la casa de la hija de Maisanta, y nunca se me olvidó: buscar la Plaza Bolívar, a la izquierda tres cuadras, y en la Avenida Sucre dos cuadras más allá, hasta Villa Las Palmas. Fui a ver a Ana sin permiso de mis jefes, porque no podía esperar ni un solo día. Villa de Cura es un pueblo pequeño, que queda como a media hora de Maracay.
Cuando toqué a la puerta, efectivamente, abrió su hijo Gilberto Lombano. Traía en sus brazos a una niña, la nieta de Ana. Después salió. De inmediato tuve una gran empatía con Ana, que tiene una gran personalidad.
Ella cuenta que cuando usted le dijo que era bisnieto de Maisanta, le respondió: “No me lo tienes que decir”.
Eso dijo, y que me parecía mucho a su hijo Rafael. Y, bueno, aquella casa se convirtió también en la mía. Desde entonces iba para allá casi todos los fines de semana que tenía libre, con Nancy y con los niños. Rosa estaba chiquitica y María recién nacida. Tienen una de esas casas coloniales grande, con un patio más bien pequeño, donde jugábamos a la bola criolla. Y hay un árbol en el medio, me acuerdo. Con uno de sus hijos, que es tremendo boxeador, bebíamos cerveza, cantábamos, salíamos al pueblo. Me encanta Villa de Cura.
A Ana le extravié algunas reliquias. El papá de Maisanta fue coronel de Zamora. Se llamaba Pedro Pérez Pérez y era indio. Su foto la perdí. Ese es un dolor que cargo con esa vieja: las fotos se me perdieron. El 4 de febrero de 1992 tenía entre mis cosas las fotografías originales que ella me había prestado unos días antes, para que les sacara unas copias. Estaban en el maletín donde guardaba buena parte de mi investigación sobre Maisanta. Ojalá algún día aparezcan.
Vi cuando se conocieron y lloraron juntas nuestras familias. Le conté a Ana: “Mira, tú tienes dos hermanos allá. Uno, que ya murió y que era mi abuelo –Rafael Infante–, y otro que aún vive, Pedro”. Comencé a relatarle de dónde venía yo. Le llevé fotos de mi mamá, de mis hermanos. Un día le dije a Ana: “Vámonos para Barinas a unas vacaciones”. La llevé también a Ospino, a la casa donde nació su papá y que sólo conservaba el patio.
Fuimos también a Guanare, a una urbanización en la que cada calle tiene el nombre de un poema de Andrés Eloy Blanco. La calle Maisanta es corta, de gente de clase media. Pero hay otro lugar en Guanare que fue para ella la cumbre de ese viaje: el sitio donde logré ubicar a mi tío abuelo Pedro, el otro hijo de Maisanta.
No recuerdo haber visto alguna vez a mi abuelo Rafael. Mis abuelos nunca fueron esposos, pero Rafael Infante sí se casó después. Antes de su matrimonio, tuvo dos hijas con Benita Frías: Edilia y Elena, y luego se fue para Barquisimeto. Allá tuvo otra familia y luego murió.
Un día pasé por Guanare para hablar con mi tía Edilia, con la que siempre me gustó conversar. “Edilia, me he enterado de que tu tío Pedro está vivo”. Ustedes saben que esos casos de familia son muy delicados. Ella decía: “Mi papá me dejó y se fue”, y no quería saber de los Infante. Pero me llevó a conocer a Pedro, aunque no quiso entrar a saludarlo: “Él no me conoce, porque esa familia nunca nos visitó”. De todas formas, ella fue muy noble y me acompañó hasta la entrada de la casa del tío.
La casita estaba cerca de una pequeña plaza. Toqué a la puerta y salió un niño –siempre salen los niños a la puerta de las casas de los pueblitos–, y llamó: “Abuelo, abuelo”. Te juro, se apareció Pedro Infante y le dije: “Maisanta, carajo”.
Era un hombre de unos 80 años, altísimo, con casi dos metros de estatura, un poco dobladito por la edad. Catire, como Pedro Pérez Delgado. De tanto leer sobre mi bisabuelo y de mirar su foto, me salió del alma: “¡Maisanta!” El viejo se quedó paralizado. Me le presenté y le pedí: “Su bendición”. “¿Bendición por qué?” “Porque usted es tío de mi mamá, y por tanto, mi tío”. “Ah, muchacho, siéntese. ¿Usted es hijo de quién?” “De Elena”. “¡Ay, Elena, sí! La hija de Benita, con quien vivió mi hermano Rafael. Yo sí la quise. ¿Dónde está ella?” “En Barinas, está viva todavía” –murió poco después, bastante joven, de un infarto–. “Era muy linda Benita Frías. Y a esa carajita Elena, claro que la conocí chiquitica, y le decían ‘la Americana’, porque era catira como nosotros”.
Ahí empezamos a contarnos cosas, y yo a preguntarle. Me confió que apenas recordaba a su papá, que probablemente nunca lo vio. Cuando Pedro Pérez Delgado salió hacia la guerra en Apure, estos niños tendrían 4 ó 5 años. Pedro era mayor que Rafael. Maisanta se llamaba Pedro Rafael, y por eso a sus primeros hijos les puso su propio nombre.
Pedro murió muy anciano, después de sufrir la muerte de su hijo. La última vez que lo vi, estaba deshecho por la pérdida. Al muchacho lo conocí, un catire que quería ser militar, pero falleció tras accidentarse en una moto. Aquello terminó de matar al viejo Pedro.
Hice todo lo posible para que Ana y Pedro se encontraran. Me dije: “No puedo dejar de ver el encuentro de los hermanos”. Ya yo era correo entre ellos. “Tienes una hermana allá, se llama Ana” –le dije a él. Fui en mi carrito con Nancy, los muchachos y Ana. Cuando Ana vio a Pedro, se puso a llorar. “¡Ah!, mi papá otra vez”. Se sentaron a hablar ahí, no sé cuántas horas. Los dejé solos y me fui a dar una vuelta con Nancy. Luego seguimos a Barinas, para que Ana conociera al resto de la familia.
Pasamos unos días todos juntos, y Ana conoció a mi abuelita Rosa Inés, que murió en 1982, dos años después de aquel encuentro.
La infancia feliz
No recuerdo exactamente si Adán y yo dormíamos de pequeñitos en el mismo cuarto con nuestra abuela. Si los amigos del pueblo lo dicen, seguro que fue así, porque esa mujer nos tenía mimados... como toñecos. Vivíamos en una casa de palma y cuando llovía caía mucha agua dentro. Había que poner perolitas, porque el piso era de tierra y se volvía barro. Tenía un pretil afuera, frente a una calle también de tierra. Con la lluvia, se armaba una laguna donde nos metíamos a jugar con el agua a la rodilla. A Adán una vez le dieron una bicicleta. Se montaba en ella y atravesaba por la mitad de la laguna. Yo le decía: “Oye, tienes una bicicleta acuática”. Hacíamos una especie de competencia que consistía en cruzar la calle en bicicleta, para ver quién llegaba a la otra orilla sin mojarse demasiado. Claro, como a todo niño, a Adán no le gustaba prestar la bicicleta. Me la prestaba sólo a mí.
Fuimos unos niños muy pobres, pero muy felices. Daría cualquier cosa por regresar a esa infancia, aunque fuera por un minuto... No, sería muy poco: digamos que por un día.
La casa era bonita, con una cocina muy amplia donde la abuela siempre estaba trabajando. Tenía un patio grande que para mí era el mundo, todo el mundo. Allí lo tenía todo, y aprendí a caminar, a conocer la naturaleza, los árboles; cómo salían las flores y después las frutas. Aprendí a comer naranjas, piñas, semerucas, una fruta redondita y roja como una cereza que abunda en el Oriente. Ahí conocí el ciruelo, el mango. Había aguacates grandotes, y también mandarinas y toronjas. Sembré maíz y supe cómo se cosechaba y se cuidada durante el invierno, y cómo se hacía la cachapa.
El nuestro era un patio de ensueños. Todo un universo. Había almácigos, y Rosa Inés, además, sembraba cebollino, cebolla, tomaticos pequeños y otras cosas para aliñar. Desde pequeños, tanto Adán como yo, nos acostumbramos a trabajar a su lado. Bueno, Adán un poquito menos...
A mi hermano mayor no le gustaba mucho vender, al punto de que muchas veces yo lo ayudaba. A mí sí me gustaba. Hay cosas que uno no puede explicar por qué le gustan... Ah, claro, era la oportunidad para hablar con la gente y sobre todo para recorrer el pueblo. Me iba, por ejemplo, a un local en el que se jugaba a los bolos, una especie de bowling, pero que utilizaba una pelota de madera. Colocaban tres varitas y había que tumbarlas. Allí vendía las “arañas” y tabletas cuadraditas de coco. También pasaba por la plaza, por el cine...
La venta era una excusa para estar en la calle. Durante las fiestas patronales, gozaba. Mi abuela, además, era muy generosa. Ella me decía: “Tú vendes ocho arañas” –que ya eso era un bolívar–, “y te quedas con una locha”. Nunca me faltaba una locha en el bolsillo. Me iba al bolo, y hasta tenía un cochinito. Así aprendí a trabajar.
Mi abuela me enseñó a leer y a escribir antes de entrar a primer grado. Utilizaba las revistas, en particular una que se llama Tricolor –por los colores de la bandera– y que todavía publica el Ministerio de Educación. Como papá era maestro de escuela llevaba las revistas a la casa. Mi abuela me enseñó a hacer las letras. Ella escribía bonito, con la letra redondita: “todas las letras se parecen” –me decía.
Nos sentábamos en la noche, muy juntos. Ella en su sillita y yo a su lado. Los dos, espantando los jejenes. Nunca la llamamos abuela, sino “Mamá Rosa”. Un día, en medio de sus lecciones, le comenté: “Mamá Rosa, aquí dice rolo”. “¿Qué dice ahí?” Ella miraba y veía sólo el título de la revista Tricolor. “Aquí dice rolo” –le repetí. Puso una expresión que era muy común en ella, como para decir: estás equivocado, o no me embromes. Chasqueaba la lengua y torcía la boca en una mueca: “Ahí no dice rolo” “¿Cómo que no dice rolo ahí? R-O-L-O”, y le indiqué las últimas cuatro letras de TRICOLOR, pero de atrás para alante. “Muchacho, ¿y cómo tú vas a leer al revés? No es así, sino de izquierda a derecha”. Cada vez que recordaba esa ocurrencia, ella se reía. Se la contó a mis padres y a todo el mundo. “Mira, Huguito ya sabe leer, pero al revés.”
Adoro a mis padres, pero tengo que reconocer que la educación de Rosa Inés fue muy importante para mí. La vida a su lado fue de forja y de espíritu. Mi abuela era un ser humano puro como Luis Reyes Reyes. Ella era puro amor, pura bondad. No recuerdo haber visto alguna vez a Rosa Inés Chávez furiosa. Era una criatura con una extraordinaria estabilidad emocional y un sentido del humor muy especial. Cuando la casa se quedaba sola y ella llegaba, le preguntaba al viento: “¿Cómo estás, María Soledad?”
Ella fue la primera persona que nos habló de la guerra federal y de un general a quien le decían “Cara de Cuchillo” –así llamaban a Ezequiel Zamora también–, contaba cómo detrás de Zamora se fueron los hombres del pueblo y hasta un Chávez, que jamás volvió. Ella señalaba con la mano: “Se fueron para allá, Huguito, hacia la montaña”. En Sabaneta, en las tardes claras, se logra ver el Pico Bolívar. “Para allá, donde están los cerros, por ahí se fueron”. Y en verdad fue por ahí, por el camino de Barinas.
Su mamá le habló del paso de los caballos, del sonido de las cornetas, del polvo que levantaba la caballería y de cómo mandaban a matar las gallinas para comer. También de la tropa acampada junto al camoruco, un árbol muy antiguo que todavía existe en Sabaneta y tiene por lo menos 200 años.
Hablaba de la “oscurana”, que así llamaban al eclipse. A nosotros nos daba hasta miedo: “Si hubieran visto, Huguito y Adán: llegó la oscurana y se fue el sol”. Ese eclipse ocurrió en 1910. Después precisé la fecha cuando revisé los libros de geografía e historia. Ella decía que a no sé quién se le ocurrió gritar que el mundo se iba a acabar, algunos quemaron hasta el maizal, y por tontos, se quedaron sin cosecha. Otro quemó la casa, y muchos corrieron para la iglesia: “El mundo se va a acabar...” “El mundo no se acabó, Huguito, porque al rato salió el sol”.
¿Y su abuelo, el compañero de Rosa Inés, del que casi nadie habla?
Es verdad, casi nadie habla de él. Si supiera que hace poco vino papá y mientras almorzábamos, hablamos de mi abuelo. “Papá, ¿quién era mi abuelo?” Por primera vez en casi 50 años mi padre me contó: “Mi papá era un coleador, negro, está enterrado por Guanarito”. Eso queda cerca de Sabaneta, pero en el Estado de Portuguesa, pasando el río Boconó. Me dijo que se llamaba José Rafael Saavedra.
Él se fue del pueblo y se dejó de la abuela. Poseía tierra y ganado, y cuando mi papá tenía casi 10 años, este abuelo se puso muy enfermo y mandó a decir que quería conocer a su hijo, a Hugo. La abuela no quiso dejarlo ir hasta Guanarito por temor a que se le quedase el muchacho por allá. Claro, había que entenderla, era un pueblo lejano y en esos tiempos no había ni carretera.
En una ocasión lo comenté con mi hermano: “Adán, nosotros no conocimos los abuelos varones, pues”. Del papá de mi papá ni siquiera sabíamos su nombre, y al papá de mi mamá tampoco lo conocimos. Vine a saber un poco de su vida investigando la historia del bisabuelo. Siempre estuvimos entre abuelas: Benita, Marta Frías –que era la mamá de Benita y murió ancianita, como de cien años– y Rosa Inés. Puras abuelas, nomás.
Los juegos de Rosa Inés
Yo le echaba bromas y ella también a mí; siempre andábamos con un jueguito en mente, como si fuéramos dos niños. Cuando era estudiante de bachillerato, vivíamos Adán, Rosa Inés y yo en una casita en Barinas que ella alquilaba. Yo tenía obsesión de béisbol: “La pelota, la pelota, ya va a pelotear...” –me decía. Si amanecía lloviendo, yo amanecía refunfuñando: “No sé para qué llueve tanto, ¿cuándo dejará de llover?” Y miraba para el cielo, con el guante listo, y ella decía: “Es que no le convenía que hubiera juego hoy, le iban a dar un pelotazo o iban a perder”.
Teníamos un radiecito de pila y a ella le gustaba oír música llanera: “Huguito, búsqueme a Eneas Perdomo”. Años después conocí a Eneas y cada vez que lo veo recuerdo a mi abuela. A mí también me gustó cantar siempre, pero no lo hago bien. Sin embargo, a ella le encantaba oírme cantar rancheras, sobre todo, y alguna que otra llanera.
Por las noches me prestaba el radiecito. Me sentaba frente a una pequeña mesita de madera que teníamos, donde yo había dibujado un círculo. “Usted me rayó la mesa” –me dijo. Era parte de un juego que yo había inventado: le puse colores a un círculo donde tenía marcados los momentos más importantes del béisbol: jonrón, bola, strike, doble play, triple, etc... En el centro había un punto, que marcaba el eje por donde debía dar vueltas el cuchillo de cocina de Rosa Inés. En dependencia de donde quedara la punta del cuchillo, yo anotaba el resultado: bola, strike... A veces me pasaba horas jugando.
“Usted se va a volver loco con esa pelota” –me decía Mamá Rosa. Yo siempre jugaba a Caracas vs Magallanes. A veces solo, en ocasiones, con Adán, pero a él le daba flojera. Cuando jugaba con otra persona, cada uno tomaba un equipo diferente. Era muy divertido y yo lo disfrutaba muchísimo. A veces gritaba: “¡Jonrón!”, y armaba un lío por toda la casa. “Pero, muchacho, se va volver loco usted” –decía Rosa Inés.
Me gustaba comprar unas pasitas de uva que costaban un medio y las ponía encima de la mesa. Yo mismo me premiaba el juego con ellas. Cuando de verdad jugaban Caracas vs. Magallanes, escuchaba la radio y anotaba. Escribía mi score. Hasta recuerdo la alineación: Gustavo Gil, primer bate; Jesús Aristimuño, segundo bate; un gringo, Jim Holt, tercer bate; Clarence Gaston, centerfield; Harold King, quinto bate; otro gringo, quécher; Armando Ortiz, sexto bate... Anotaba inning por inning. Me concentraba en mi juego y, a veces, con los libros de la escuela delante, intentaba estudiar porque tenía examen. Y, entonces, mi vieja –quien, por cierto, nunca fue viejita porque murió relativamente joven, a los 69 años–, que sabía que yo era magallanero, pasaba cerquita y me decía: “Y Magallanes, cero”. Y volvía a pasar: “Y Magallanes, cero”. “Abuela, déjeme quieto que vamos a perder”. Y volvía: “Y Magallanes, cero”. Nunca se me olvidará.
Cuando empecé los trámites para ingresar en la Academia, Rosa Inés no quería que yo fuera militar. Una vez la sorprendí poniéndole velas a los santos: “¿A quién le está poniendo velas, mamá Rosa?”. “Yo le pido a los santos para que usted se salga de eso”. Yo era cadete: “¿Pero, por qué?” “No me gusta. Eso es peligroso y, además, usted, Huguito, es rebelde; algún día se puede meter en un problema”.
Todos los niños tienen un sueño
Todos los niños tienen sueños y yo no tuve uno, sino dos. El primero nació uno de esos fines de año en que mi papá, quien acababa de regresar de Caracas tras un curso de mejoramiento profesional del magisterio, me regaló un ejemplar de la Enciclopedia Autodidacta Quillet. Eran cuatro tomos grandes y gruesos, con muchas figuras y gráficos. Me los bebí y viajé por el mundo a través de las ilustraciones y las historias. Hasta un pequeño curso de alemán traían aquellos libros, y me empeñé, con mi primo Adrián, en aprender ese idioma. Adrián soñaba con ser torero, miraba una foto y decía: “Cuando yo esté en la monumental de Valencia...” Ese era su sueño, y el mío era ser pintor. Gracias a aquellos ejemplares empecé a dibujar y, años más tarde, pasé unos cursos de pintura en Barinas, durante el bachillerato. Salía del liceo por la tarde y me iba a la escuela de pintura Cristóbal Rojas. Me daba clases una profesora bien bonita que nos advertía: “Lo más difícil de pintar son las manos”, y nos ponía unos moldes para que las dibujáramos. Ella nos explicó la técnica del claroscuro y la combinación de colores.
Mi otro gran sueño era el béisbol. Lo traía en el alma desde niño, pero fue en Barinas donde se consolidó, cuando ingresamos en un equipo organizado en 1967 ó 1968. Mi ídolo era Isaías “Látigo” Chávez, magallanero, un muchacho de Chacao que no era familia nuestra. A los 21 años estaba ya pitcheando en las Grandes Ligas. Le decían Látigo porque lanzaba como si tuviera un látigo en la mano derecha. Nunca lo vi porque televisión uno nunca veía –vine a verla de cadete–, pero logré imaginarlo muy bien, gracias a un extraordinario narrador que tuvimos en Venezuela, Delio Amado León. Lo escuchaba por radio: “Se prepara Isaías Chávez, levanta una pierna... El Juan Marichal venezolano lanza una recta...; strike, el primero”. Eso todavía lo tengo aquí, dentro de la cabeza.
Nunca me olvidaré de una noche en que escuchaba el juego en casa de mi mamá. Estaba empatado. Anunciaron que Látigo Chávez iba a relevar al pítcher que había estado hasta ese momento y que empezaba a fallar. Venían a batear los tres mejores peloteros del Caracas, sin out: Víctor Davalillo, César Tovar y José Tartabull, que, creo, era cubano.
El Látigo Chávez los ponchó a los tres. Se armó un escándalo en la cuadra. Los magallaneros salimos corriendo para la calle: “¡Los ponchó a los tres!” Qué alegría. El Látigo era una leyenda. Yo hasta lo dibujé. Utilicé como modelo una foto suya de Sport Gráfico, una revista que perseguía por toda Sabaneta y Barinas.
El 16 de marzo de 1969, un domingo, me levanté un poco más tarde. Mi abuelita Rosa estaba preparándome el desayuno, y encendió el radio para oír música y de repente: “Última hora, urgente”, y salió la noticia, fue como si por un momento me hubiera llegado la muerte. Se había desplomado un avión poco después de despegar del aeródromo en Maracaibo y no había sobrevivientes. Entre ellos iba el Látigo Chávez. Terrible. No fui a clases ni lunes ni martes. Me desplomé. Hasta me inventé una oración que rezaba todas las noches, en la que juraba que sería como él: un pitcher de las Grandes Ligas.
A partir de ahí, el sueño de ser pintor fue desplazado totalmente por el de ser pelotero. Empecé a darme a conocer en el ambiente beisbolero de Barinas, y al año siguiente estaba en un campeonato zonal, como pitcher. Me decían que necesitaba fortalecer las piernas, y me ponía a trotar. Corría todos los días. Mi abuelita: “Se va a volver loco usted”. Llegaba del liceo y empezaba a lanzar piedras y cosas contra una lata que ponía junto a una palmera del patio. Hasta construí un dispositivo muy rústico para batear limones y perfeccionar los lanzamientos: “Usted me está acabando con los limones” –decía Mamá Rosa.
Se me metió una idea fija, pero fija, fija, de que tenía que ser pelotero profesional. Estuve tres años como pitcher abridor en Barinas. Eso me hizo daño, porque, además de mi obsesión que ya era exagerada, me pusieron a pitchear en la categoría superior, como relevo. El brazo no aguantó.
Pesebre para Navidad
Nos contaba Adán que la primera vez que él lo vio llorar a usted con desconsuelo y dolor fue cuando murió Rosa Inés.
Sí, vale, eso fue impresionante. A inicios de los 80 sabíamos que iba a morir muy pronto. Ella se enfermó, y en unos pocos meses se aceleró su mal. Recuerdo ese diciembre previo a 1982, un año muy importante en mi vida, de muchos pesares, de dolor y ausencia, y también, de nacimientos.
Rosa Inés murió el 2 de enero de 1982. Estaba próxima la fecha de su cumpleaños. Ella nació el día de Santa Inés, el 18 de enero. Por eso le pusieron Rosa Inés, pero le gustaba más que le lleváramos flores el 30 de agosto, día de Santa Rosa.
Estaba muy enferma. Los médicos decían que le quedaba poco tiempo de vida. Tenía los pulmones muy desgastados. Casi no respiraba. Andábamos con dificultades económicas y papá se la llevó para la casa en Barinas. En diciembre de 1981 yo estaba trabajando en la Academia Militar. Cada diciembre salía de permiso, y me iba de inmediato para Barinas, sobre todo para estar con ella, en particular en esos años en que veía que se nos estaba yendo.
En el ejército los permisos de descanso los daban por sorteo. Salíamos el 24 ó el 31. Tuve muy mala suerte con los sorteos y salía siempre con guardia el 31, aunque en realidad nunca me importó, nunca le di demasiada importancia a la Navidad, más bien buscaba alejarme del bullicio para reflexionar; daba el abrazo de Año Nuevo pero no me gustaba estar entre mucha gente. Prefería irme a la finquita de mi papá y estar solo con mi mujer, los muchachos, la abuela y los viejos.
Cuando salía libre el 24 de diciembre, uno se iba después de los actos conmemorativos por la muerte de Bolívar. Inmediatamente buscaba a Nancy, a mis muchachos, la maleta y... para Barinas; rápido, directo. Dejaba a mi esposa en casa de su mamá Rosa Colmenares –ella también es de Barinas–, y por supuesto, también a las dos niñas. Hugo nació en octubre de 1982.
A veces me quedaba con Adán, que tenía su casa en Barinas y vivía con su esposa y sus niños. Me gustaba. Estaba en las afueras y era muy tranquila. Me ponía a leer. Lo prefería porque en el barrio aparecían los amigos y la cerveza, un gentío incontrolable. Además, Adán y yo siempre hemos tenido una relación muy especial. Pero ese diciembre me dije: “No, me quedo en casa de mamá, con la abuela”. Metí una colchoneta en el cuartico de Rosa Inés, donde apenas cabía su camita, su ropa –cuatro camisones– y sus chancletas.
Sólo tenía seis días de permiso –del 17 al 25– y aproveché y le hice el pesebre de Navidad. Tenía alguna habilidad –bueno, tengo, no la he perdido– para los dibujos y para hacer figuritas. Picaba, por ejemplo, un cartón, le hacía las casas y luego las pintaba con acuarela y le echaba escarcha. También, agarraba una madera y le daba la forma de una vaca; buscaba en el monte y construía la granja; y sacos vacíos de cal para armar algo parecido a los cerros, con unas ramitas. En la pared del fondo, pintaba el cielo azul y las estrellas, y unas lucecitas, unos animalitos. Un vidrio de espejo coloreado de azul era la laguna. A la laguna de Rosa Inés le ponía un patico y en la orilla, piedrecitas.
A ella le encantaba verme construir su pesebre. Se sentaba a mi lado y me ayudaba. Me pasaba las cosas y me daba ideas. “Huguito, ¿y por qué no le pone esto?” A veces le decía: “Déjeme quieto, Mamá Rosa”, porque ella inventaba también y de vez en cuando chocábamos, pero siempre con mucho cariño. “Mire, ¿por qué le quedó tan alto ese cerro?” “Bueno, no está alto”. “No, sí está muy alto, póngalo más bajito”. Ella dirigía, pues.
Ese diciembre recordé que Adán tenía guardada una caja con algunas cosas de pesebres anteriores –creo que todavía Carmen, la esposa de Adán, las guarda–. Había figuras de porcelana y otras de plástico, que se conservaban para el año siguiente. Recuerdo una gallinita de plástico que tenía un pollito arriba, y a Rosa Inés le gustaba mucho. “¿Y ese pollito qué hace ahí arriba?”, y se reía. También, había dos vacas que movían la cabeza. Una vez conseguimos algo que le encantó: un muñeco al que uno le daba cuerda y tocaba el tambor: ta, ta, ta, y ella me decía: “Póngame también al tamborero por ahí.”
Cuando en ese diciembre comencé a armar el pesebre en una esquina del cuarto, ella se sentó en su cama. Estaba muy flaquita ya, y recuerdo su sonrisa. El 24 estábamos todos allí con ella, en nochebuena. Llegó el día de la despedida. Tenía que regresar a Caracas, a la Academia. Era el 26 de diciembre. Me pidió que le diera un masaje en la espalda. Ya tenía fuertes dolores. “Huguito, écheme Vick’s Vaporoub”. Se untaba aquel ungüento para cualquier cosa, lo olía cuando tenía gripe o si le dolía algo: para el brazo, Vick’s Vaporoub; para la cabeza, Vick’s Vaporoub. Yo le decía: “¿Eso sirve para todo?” “Sí” –me contestaba. Se acostó boca abajo y yo le abrí el camisón por detrás –mucho pudor tenía ella–: “Ábrame sólo un poquitico”, le eché el Vick’s Vaporoub y le pasé la mano por la espalda. Hice eso otras muchas veces y siempre se quedaba dormida.
Pero ese día, cuando me despedí –nunca se me olvidarán sus ojos, porque fue la última vez–, ella estaba acostada después del masaje y se sentó: “¿Ya se va, Huguito?” Nosotros no nos tuteábamos, había mucho amor y un gran respeto. Le respondí: “Ahí están Nancy y las niñas; pídanle la bendición a la abuela”. Era 1981, Rosa tenía casi cuatro años y María estaba chiquita y enferma. María nació con problemas de salud y mi mamá utilizaba una expresión: “Esta muchachita es sucedía”, que quiere decir que “le sucede mucho”. Así les dicen en Venezuela a los niños que son enfermizos o se caen y se aporrean constantemente.
Nancy y las niñas salieron del cuarto, me quedé solo un rato con Rosa Inés. Me costaba mucho irme, pero tenía que hacerlo. Cuando ya me iba a despedir, le di un abrazo y me puse a llorar, y ella me dijo: “Calma”, y me agarró por los brazos y me dijo: “No llore, hijo, no llore; con tantas pastillas y tantos remedios a lo mejor me curo”. Yo lloré y lloré, abrazado a ella. Sabía que le habían traído unas pastillas muy fuertes para el dolor. Ella no sabía cuán fuertes eran esos remedios, ni lo poco que le quedaba de vida; pero yo sí. Me habían enseñado la última radiografía de sus pulmones destrozados.
Con ese consuelo que le daba, Rosa Inés demostró que en aquel momento le dolía más el dolor suyo que el de ella...
“A lo mejor me curo, no llore”. Yo le vi los ojos, vale, y algo me decía por dentro: “No te voy a ver más, Mamá Rosa...” Ah, esos ojos. En ese momento sentí que ella se iba. Me fui a Caracas manejando y llorando. Creo que me paré un rato en la carretera para mirar la sabana. Iba solo, porque Nancy se quedó en Barinas con los niños para pasar el 31 con su mamá.
Un dolor de ausencia definitiva
En ese tiempo yo era teniente y mi cargo era jefe del Departamento de Deportes de la Academia Militar. Tenía un buen jefe, un coronel patriota que, antes que nosotros, anduvo en una conspiración. Yo no lo sabía en ese momento, pero lo intuía.
Durante la formación, me le presenté: “Mi coronel, necesito hablar con usted algo personal”, y le conté. Una de las cosas que más temía de cadete era que a mi abuela le pasara algo, porque nos decían que sólo había permiso para ir a la casa si le ocurría algo a los padres, y yo me preguntaba a mí mismo: “¿Y mi abuela? ¿Si le pasa algo a mi abuela, me darán permiso? Me voy, aunque sea escapado” –pensaba.
Le expliqué a este buen hombre: “Mire, mi coronel, mi abuela está muy enferma y los médicos dicen que no le quedan muchas semanas. Quisiera que usted me dé un permiso, al menos una semana cuando regresen los que están descansando” –volvían el 4 de enero–. “Vaya” –me respondió. Yo le presenté la boleta. Sin embargo, no dio tiempo a nada.
Llamé a la casa el 31 de diciembre y hablé con mi mamá y con Adán. Él me dijo: “Sigue mal”. “¿Pero habla?” “Sí, pero le duele mucho; se está yendo”. Adán estaba muy triste, porque él también la quiso mucho –tal vez más que yo.
Amaneció el 1º de enero. Esa fecha para nosotros también era muy significativa, porque marcaba el aniversario de una rebelión militar, protagonizada en 1958 por Hugo Trejo que era un viejo coronel, todo un líder. En 1981 aún vivía e influyó mucho con su prédica revolucionaria. Además inspiró a un grupo de militares –entre ellos al General Jacinto Pérez Arcay, que fue su alumno–, y también sembró en nosotros, indirectamente, un ánimo de rebeldía frente a los problemas que estábamos viendo en la institución y en el país. Me gustaba hablar con él. Ya tenía el pelo blanquito; era un hombre impecable, pulcro, que me hablaba del proyecto nacional, de Bolívar, de cómo los adecos traicionaron a la democracia y cómo lo echaron a él de la Fuerza Armada.
El 1º de enero era día libre. Entregué mi guardia a las nueve de la mañana y me fui en un carro que yo tenía, un bicho viejo y envenenado –botaba tanto aceite de la caja, que se podía seguir el rastro fácilmente por la mancha que iba dejando en el camino.
Me fui a Macuto, donde el coronel Trejo tenía una casita muy bonita con vista al mar. Iba a escucharlo cada vez que podía. Una vez me dio una carpeta viejísima y me dijo: “Hugo, este era nuestro proyecto, el Movimiento Nacionalista Venezolano Integral. Quiero que lo estudies”. Él sabía que estaba sembrando y en nosotros encontró tierra fértil. Entonces apenas éramos un grupito de cuatro o cinco compañeros.
Él me decía: “Hugo, vas madurando. Pronto serás capitán y podrás comenzar a ser líder de oficiales. Ese grado es muy importante, prepárate para ser un buen jefe de compañía. No te corrompas, este es un momento clave de tu vida”. Efectivamente, en julio yo ascendía a capitán. Como Pérez Arcay –a quien en esa época le había perdido un poco la pista–, Trejo fue un maestro. Murió poco antes del triunfo de diciembre de 1998.
Pasé el 1º de enero con el coronel, pero me retiré antes de lo acostumbrado, porque estaba pendiente de mi abuela. Regresé a la Academia en Caracas, me di un baño y seguí para Villa de Cura, a la casa de Ana, la hija de Maisanta.
Tenía que presentarme el 3 de enero en la Academia, para recibir oficialmente el permiso, pero el día 2 era feriado y decidí pasarlo con Ana. Llegué por la noche, en aquel carro endiablado que uno hasta empujaba el asiento para que anduviera un poquito más rápido. Llegué allá: “¡Feliz año, vieja!” –déjame aclarar antes que Ana tampoco es una vieja, tiene 91 años y parece una muchacha.
Amanecí en casa de Ana. Había un familión grande allí. Estaban sus hijos Rafael y Gilberto, las muchachas; todos, menos Isaías, que vivía en Isla Margarita. Recuerdo que me levanté como a las nueve de la mañana del día siguiente y andaba con el cabello muy crecido; quiero decir, largo pero enrollado. Salí a afeitarme a la barbería. Fui solo, a pie, porque el carro ya casi ni rodaba. Cuando regresé vi en la cara sombría de Ana la noticia terrible que estaba esperando: “Te llamaron de Barinas”, pero no me dijo nada más. Agarré el teléfono y llamé a la casa de mi mamá. Me respondió Aníbal, mi hermano, llorando: “Se murió la vieja”.
Me puse a llorar en el patio, desconsoladamente: “¡Ay, Ana!, mañana me iba a verla otra vez, y la voy a encontrar muerta. Ha muerto la vieja”. Salí inmediatamente, y el carro no avanzaba. Sabía que no llegaría a Barinas. Regresé a la Academia. Allí conocían la noticia. Me llevaron a la terminal del Nuevo Círculo, de Caracas, pero ese día no se conseguía pasaje para ningún lado. Llamé a Adán, llorando, desde un teléfono público. Había alcanzado un puestico disponible en un autobús que iba para Trujillo. No llegaba hasta Barinas, sino que se desviaba antes, en Guanare: “Adán me voy en un autobús de la línea tal, salgo a media noche, espérame en la alcabala de Guanare”.
Y, en efecto, cuando llegué a aquel lugar estaban esperándome Adán y un primo nuestro, Narciso Chávez, hijo de Ramón Chávez, un hermano de Rosa Inés al que vi morir joven, en Sabaneta. Cuando llegamos estaban velando a la abuela en casa de mamá. El 3 de enero la llevamos en hombros al cementerio. Me puse el uniforme verde olivo y ayudé a cargar el ataúd. La enterramos en Barinas; allá está la vieja. Esa misma noche escribí un poema. ¿Sabe que a mí el dolor siempre me ha dado por escribir? Particularmente, ese dolor de ausencia definitiva, ese dolor que es espiritual, pero también físico. Igual me ocurrió cuando murió Felipe Acosta Carlez.
La Academia militar
Desde niño me gustó la vida militar. Cuando miro hacia atrás, me veo jugando a la guerra en el patio de Mamá Rosa. Inventamos unos fuertes militares con latas de zinc y tablas, y nos lanzábamos a conquistarlos. Primero, nos tirábamos frutas secas de almendras, pero, después, piedras. Una vez le dimos una pedrada a mi hermano menor y le rompimos el coco, y ahí se acabaron los juegos de guerra.
Claro, teníamos reglas: si alguno era alcanzado por un almendrazo debía darse por muerto y salir del juego, pero Adán nunca caía herido. Uno le pegaba durísimo con una fruta de aquellas y él gritaba: “No, no me dio, sólo me rozó”. Una vez le dimos en el centro del pecho, y él: “No salgo, porque yo tengo aquí un médico que ya me curó”. Yo decía: “Adán es brujo, porque se pasa la mano así y se cura la herida”.
Cuando llegué a la Academia me encantó. Francamente, yo había querido estudiar física y matemática, y además, ser pelotero profesional, con los Magallanes. Esa era mi meta, a la que le dediqué mucho entrenamiento, especialmente, a cómo se agarra la pelota, a la técnica del picheo. Pero la vida militar me apasionó, hasta el punto de que lo subordiné todo a ella.
Cuando entré en la Academia, Adán, que me lleva un año, ya estaba en la Universidad de Los Andes, en Mérida. Le dije a mi papá que quería estudiar lo mismo que mi hermano. En Barinas no había universidad. Mi papá me dijo: “Bueno, nos vamos a Mérida a hablar con tu primo Ángel para el cupo”. A mi padre y a mi madre tendremos que agradecerles toda la vida que pudiéramos estudiar, aun siendo una familia sin recursos. Ellos siempre nos dieron ese impulso, con miles de sacrificios.
Pero en Mérida no se jugaba béisbol profesional, y le dije a mi padre: “No, si no hay béisbol en Mérida, no voy”. Estaba en ese dilema, buscando la manera de irme a Caracas, cerca del Magallanes, cuando nos llevaron a una conferencia en el Auditorio. Un teniente del Fuerte de Tabacare, de Barinas, dio una charla sobre la Academia Militar a todos los muchachos del quinto año del bachillerato. “Esta es la mía, me voy para Caracas”. Pensaba que luego podía pedir la baja y quedarme en la capital, a tiempo completo en el béisbol. Era como un tránsito, como un puente, y comencé a prepararme para los exámenes físicos.
Tenía un gran amigo, Angarita, que en aquel momento estaba en el primer año de la Academia. Cuando llegó a Barinas en Semana Santa, hablé con él y me consiguió los folletos para presentarme a los exámenes que se hicieron en Barinas y aprobé aquellas primeras eliminatorias sin problemas.
Poco después trajeron un telegrama a la casa donde decía que me presentara en la Academia: “¿Qué tú vas a hacer en Caracas en una escuela militar?”, y papá asombrado. “Yo presenté examen”. “¿Cuándo?” A mamá le gustaba la idea y me apoyó, finalmente, papá lo aceptó: “Bueno, hijo, vaya pues”. Me consiguió el pasaje del autobús, y me vine solo, asustado, a presentarme al examen definitivo de la Academia. Era la primera vez que venía a Caracas.
Regresé a Barinas muy alegre, porque había aprobado también los exámenes de la Academia, y tenía que presentarme nuevamente en la escuela. Pero me rasparon en química, en el bachillerato. Modestia aparte, era la primera vez en mi vida que raspaba una materia, pero esta vez sí me había ganado la mala nota. No estudié química, no me gustaba. Tenía un profesor al que le decíamos Venenito, que no perdonaba.
Me salvó el béisbol
En la Academia no aceptaban a nadie con una materia raspada. Lo sabía, sin embargo, me aventuré a regresar, porque me quedaba una entrevista final. En ese encuentro dije que tenía una asignatura raspada. “Bueno, si lo rasparon, usted no puede entrar”. Mis exámenes físicos eran excelentes; las notas, hasta ese momento, excelentes. En el expediente –hace poco lo vi–, escribieron incluso que tenía habilidades. “Hay un único chance –me dijeron–, como deportista. ¿Usted juega algún deporte?” ¡Me salvó el béisbol!
Picheaba, pero ya padecía de dolores en el brazo. No aguantaba más de cinco innings. Después de una sesión de lanzamientos, me pasaba como cinco días con hielo. En ese tiempo no había médicos que alertaran a los deportistas sobre estos padecimientos profesionales. Por suerte, también jugaba primera base y era buen bateador. Jugué, incluso, primera base regular y había ido a los nacionales ese año, en Barquisimeto.
A los raspaos nos mandaron al estadio –por cierto, el mismo donde jugamos con los peloteros cubanos la última vez que vinieron a Caracas–. “Vamos a probar si ustedes juegan de verdad”. Cuando entramos al campo, vi a José Antonio Casanova, quien fuera uno de los campeones mundiales de béisbol profesional y shortstop de los Senadores de Washington. También figuró como manager del Caracas durante varios años. Entonces era el entrenador de la Academia, mientras que Benítez Redondo –un cuarto bate famoso en los años 40 y 50, que llegó a las Grandes Ligas– se desempeñaba además como entrenador. Cuando los vi, me dije: “Aquí llegué al Olimpo”.
Estos viejos eran muy inteligentes. Yo andaba con una camisita, un pantalón, unas botas... Y lo primero que nos pidieron fue que nos pusiéramos los uniformes deportivos. Algunos no sabían ni calzarse las medias. Yo me uniformé rápidamente y salí con el guante, de primero, a calentar. Se dieron cuenta de que sabía, de que no era la primera vez que jugaba.“¿Y usted, zurdo, qué hace?”, me preguntaron. “Yo pitcheo”, y estaba de primero ahí. “Bueno, vaya”. Pero me dolía el brazo. “¡Ah!, salga, salga”. Me eliminan como pícher. Benítez Redondo, que ya está viejito, se me acercó: “Zurdo, ¿usted juega alguna otra posición?” “Primera base, y outfielders”, respondí. Me pusieron a batear frente a un negrito de Maracaibo y conecté tres líneas bellas, derechitas, derechitas, como esas que voy a meter el 15 de agosto en el jardín de la Casa Blanca...
Las cartas
Entré en la Academia con el compromiso de estudiar química y aprobarla en octubre. Recuerdo que teníamos que enviar semanalmente una carta. Era una obligación, pero a mí me gustaba. No sólo le escribía a mi familia, sino a medio mundo. “¿Este por qué entrega tantas cartas, si con una basta?” –se preguntaban. Cierta vez un compañero, Luis Silva, me pidió que le escribiera una para Rufo Bonet. “¿Ese quién es?” “El perro de mi casa”. Para mí que estaba harto de esa obligación.
La primera carta que escribí en la Academia, una semana después de iniciados los estudios, fue para Rosa Inés. Ella la guardó siempre, y seguramente la conserva aún Carmen, la esposa de Adán que adoró a mi abuela, tanto como ella a Carmen, y ha conservado todas sus cosas. La carta decía: “Mamá Rosa, cuídeme a Tribi” –un gato que mi abuela me regaló.
A usted también le decían Tribilín en Sabaneta...
Es verdad, y por eso, probablemente, mi abuela le puso Tribilín al gato. Pues bien, le pedía que me cuidara al animalito y añadía que había presentado mi primer examen de un fusil Fal y había obtenido 100 puntos. Ya me estaba sintiendo en mi ambiente.
Me sentí como pez en el agua en la Academia Militar, que todavía es para mí –y lo será toda la vida– un recinto sagrado. Pasé trabajo allí, pero nunca lo sentí como una carga. Ni siquiera cuando me afectaban seriamente las hemorragias nasales, que comencé a padecer después de un accidente en Sabaneta. Tengo el tabique desviado debido a aquel golpe. Ocurrió cuando yo tenía ocho o nueve años, e iba con Adán corriendo, huyéndole a un camión. Fue un Día de Reyes. Mi papá nos había regalado medio bolívar a cada uno y nos fuimos a comprar un juguete o un suplemento, no recuerdo bien. Quisimos pasar primero que el camión y yo, que iba de segundo, tropecé con una piedra y me golpeé la nariz con el filo de la acera. Me quedé desmayado y con mucha sangre. Adán se asustó y se fue corriendo hasta la casa con Iván Jiménez, un muchacho bajito, gordito –Jatajata, lo llamábamos–, y ellos le dijeron a mi mamá que me había matado un carro. Allá fue mamá llorando y mi abuela detrás. Por suerte, sólo estaba noqueado. A partir de ahí me quedó esa debilidad en la fosa nasal, que se me recrudeció de cadete debido a las largas marchas, el ejercicio y el peso del casco de acero. Una noche desperté medio ahogado por la sangre. Luego me cauterizaron y santo remedio.
Me sentí soldado desde el principio
Cuando me vestí por primera vez de azul, ya me sentía soldado. Vinieron papá, mamá y Adán al acto de investidura de cadete. Fue como a los tres meses de entrar a la Academia. Cuando me vio tan flaco, mamá se puso a llorar: “¿Qué le han hecho a usted aquí, hijo?” Pero yo estaba feliz. En ese acto, a todos los muchachos recién llegados a la escuela nos entregaron la daga y nos permitieron salir a la calle. Era mi primer fin de semana como cadete en Caracas y con mi familia. Visitamos a unos parientes, nos quedamos en un motelito y nos tomamos una foto en la plaza Miranda.
No sólo me sentía un soldado, sino que en la Academia afloraron en mí las motivaciones políticas. No podría señalar un momento específico. Fue un proceso que comenzó a sustituir todo lo que hasta ese momento habían sido mis sueños y mi rutina: el béisbol, “Magallanes cero”, la pintura, las muchachas...
¿Sabes lo que hice en mi segundo permiso de salida? Compré unas flores y fui al Cementerio General del Sur, de guantes blancos y uniforme azul. “¿Dónde está la tumba del Látigo Chávez?” –le pregunté al sepulturero. Me indicó un lugar lleno de monte. Me quité los guantes y limpié la tumba. Fui como a disculparme, a rendirle una explicación. No sería como él. Ya era un soldado.
La pasión política
Adán fue uno de los que más influyó en mis actitudes políticas. Él es muy humilde y no lo dice expresamente, pero tiene una gran responsabilidad en mi formación. Mi hermano estaba en Mérida y era militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Yo no lo sabía, sólo me llamaba la atención que él y sus amigos iban todos de pelo largo, algunos con barba. Aparentemente yo desentonaba con mi cabello cortico, mi uniforme.
Me sentía muy bien en ese grupo. Nos íbamos, por ejemplo, a un bar de muchachos, cerca de la casa de mi mamá. Particularmente a uno, que se llamaba Noches de Hungría, o al Capanaparo, donde cantaba Betsaida Volcán, una mujer bellísima.
Estaba naciendo el MAS, y yo andaba por ahí. Otros –Vladimir Ruiz y los hijos de Ruiz Guevara, un viejo comunista– estaban fundando la Causa R. Éramos amigos, y me aceptaron con uniforme y todo. También hubo su discusión, claro. Cierta vez uno de esos muchachos, un hombre joven, me dijo: “Este uniformado debe ser uno de esos parásitos”. Casi nos entramos a golpes, pero el grupo me defendió. “Respeta, vale, que este es Hugo Chávez, amigo nuestro”.
Había una gran discusión política y muchas lecturas. Ahí me fui interesando por el tema social, aunque si miro más atrás, siempre tuve, desde niño, simpatías por los rebeldes. Esa zona de Sabaneta fue una zona insurgente. De mi pueblo, varios se fueron a la guerrilla, y mi padre estuvo vinculado al Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), de tendencia socialista, dirigido por el viejo Luis Beltrán Prieto Figueroa. Aunque tenía esa inclinación hacia la izquierda y el camino abonado hacia las preocupaciones políticas, nunca me incorporé a partido alguno. En una ocasión asistí con Adán a una de sus reuniones, como oyente, vestido de civil.
Fueron dos los acontecimientos que dispararon en mí una vocación política, que radicalizaron mi pensamiento. En primer lugar, el hecho de haber formado parte de un experimento educativo en la Fuerza Armada, conocido como el Plan Andrés Bello. Nos hicieron exámenes muy rigurosos y, ya en la Academia, nos aplicaron un filtro. Entramos 375 y nos graduamos 67. Hay un corte bastante profundo entre la vieja escuela militar y la nueva, con un grupo de oficiales de primera línea, entre ellos el director de la Academia, que es nuestro actual embajador en Canadá, el general Jorge Osorio García. También, Pérez Arcay, Betancourt Infante, Pompeyo Torralba...
Ese grupo de oficiales se dio a la tarea de forjar aquel ensayo a conciencia. Incorporaron también a profesores civiles y se preocuparon por darnos una formación humanista. Con ellos estudiamos Metodología, Sociología, Economía, Historia Universal, Análisis, Física, Química, Introducción al Derecho, Derecho Constitucional... El Consejo Nacional de Universidades (CNU) exigía estudios superiores para avalar la licenciatura.
El Plan Andrés Bello contribuyó enormemente a nuestra formación, aun cuando no basta con él para entender lo que ha ocurrido en la FAN. Hay otros muchos factores, porque también han salido de ahí unos cuantos traidores. De mi promoción, y de las que vinieron después, he recibido solidaridad y una compenetración mayor de las que imaginaba. Sin duda, los que se prestaron al golpe de abril de 2002 fueron graduados anteriores a nosotros, especialmente de la promoción inmediatamente anterior, que ha sido la última línea de retaguardia de la oligarquía, el último arañazo del fascismo y del anticomunismo.
El segundo acontecimiento, asociado a lo anterior, fue el descubrimiento de Bolívar. Comencé a leer vorazmente de todo, pero en particular sus propios textos y los materiales relacionados con su pensamiento y su biografía. Noche tras noche me iba para las aulas a estudiar, después del toque de silencio, a las nueve. Nos permitían estar allí hasta las 11 de la noche, y a veces me quedaba. En ocasiones me encontraron allí dormido, encima de un pupitre y con un libro abierto. Recuerdo a un brigadier colombiano, que hoy es general en su país, quien un día me encontró así y pensé que me iba a castigar. Me dijo: “No, no, lo felicito, cadete, por su espíritu de superación”.
La primera vez que oí a Fidel
La palabra guerrilla, como les dije, nos era muy familiar. En algún momento uno oyó el nombre de Fidel y el del Che, y no lo olvidó más. En 1967 tenía 13 años y estaba en primer año de bachillerato, en Barinas.
Recuerdo haber escuchado por radio que el Che estaba en Bolivia, y yo me pregunté: “¿Por qué está solo?” Una vez se lo conté a Fidel: “Fíjate como es la vida, Fidel. Yo tenía 13 años y oía por radio que el Che estaba en Bolivia y lo tenían rodeado. Era un niño y pregunté: ¿por qué Fidel no manda unos helicópteros a rescatarlo?” Me imaginaba una película. “Fidel tiene que salvarlo”. Cuando mataron al Che: “¿Por qué Fidel no mandó un batallón, unos aviones”. Era infantil, pero demostraba una identificación absoluta con ellos, un punto de vista marcado por las simpatías que percibía en Barinas hacia ambos líderes.
Varios años después, en 1973, estábamos en las montañas, cerca de Caracas, en los entrenamientos con los aspirantes a cadetes que llegaban a la Academia Militar. Para entretenernos, escuchábamos noticias y música en los radios militares. Una de aquellas noches había un frío de espanto. Estábamos en Charallave, a unos treinta kilómetros de Caracas, y me acompañaban Pedro Ruiz Rondón –compañero de mi pelotón–, y otro brigadier cuyo nombre no recuerdo. A escondidas de los oficiales, empezamos a calibrar uno de eso viejos radios GRS-9 de tubo, que tenían una manigueta para cargar la energía. De repente, se escuchó a alguien hablando, una voz que no conocíamos y que denunciaba el golpe de Estado en Chile y la muerte de Allende: “Esto está bueno” –dije yo. Era Fidel, a través de Radio Habana Cuba.
Se nos grabó una frase para siempre: “Si cada trabajador, si cada obrero, hubiera tenido un fusil en sus manos, el golpe fascista chileno no se da”. Aquellas palabras nos marcaron tanto, que se convirtieron en una consigna, en una especie de clave que sólo nosotros desentrañábamos. Cada vez que veía a Pedro Ruiz –amigo entrañable que murió hace un año y medio–, uno de los dos empezaba diciendo: “Si cada trabajador, si cada obrero...” El otro completaba la frase. Lo hacíamos dondequiera que nos veíamos. La última vez que nos encontramos, en un avión, me repitió: “Si cada trabajador...”
Pepito Rangel
El año 1973, en la Academia Militar, está marcado también por otro hecho: recibíamos en la escuela a los nuevos cadetes. Yo era brigadier y en el primer pelotón que me asignaron estaba José Vicente Rangel Ávalo. Cuando mencioné su nombre se paró el nuevito: “¡Presente!” Le dije por bromear: “¿Usted es familia del comunista?” “Es mi papá”. Me quedé frío. “Ah, muy bien, siéntese”. Después lo llamé, le ofrecí disculpas y nos hicimos amigos.
Conocí a José Vicente, el padre, porque iba con Anita, su esposa, a visitar al cadete los viernes por la noche. Me gané una reprimenda una vez porque me gustaba hablar con Rangel, que era el candidato presidencial de la izquierda, del MAS. En diciembre de 1973 hubo elecciones y ganó Carlos Andrés Pérez.
Un teniente me llamó a contar: “Brigadier, ¿por qué usted habla tanto con ese comunista?” Se había dado cuenta de que me atraía conversar con el aspirante a presidente. En otra ocasión, me enteré de que habían tomado la decisión de botar a Pepito Rangel de la Academia y le estaban buscando la falla. Oigo el comentario y llamé a su padre. Me atendió Anita: “Necesito hablar con usted sobre su hijo, pero a su casa no puedo ir”. Ella me dijo que me esperaría en un restaurante.
Por alguna razón no pude ir al encuentro. Poco después, a los que jugábamos béisbol, nos concentraron en un edificio que llamábamos la Villa Olímpica. Se acercaban los juegos entre institutos y a los deportistas nos separaban del resto del batallón para poder cumplir un régimen especial: dormíamos un poco más, recibíamos atención médica directa, alimentación especial. Nadie se metía con nosotros. Era marzo de 1974. Ahí me encontré con Luis Reyes Reyes varias veces, y en una oportunidad hasta le conecté un triple que todavía no me ha perdonado.
En eso llegó el jovencito Rangel vestido de civil. El muchacho había ido a despedirse de mí. Pasó por el dormitorio y me dijo: “Vengo a despedirme; me han dado de baja”. Nos dimos un abrazo: “Saluda a tu papá, a tu mamá”. Llevaba entonces un diario y escribí: “Hoy se fue de baja José Vicente Rangel Ávalo, era una esperanza”. Fíjate, “era una esperanza”. ¿De dónde saqué yo esas tres palabras? Dentro de mí ya andaba un huracán.
Omar Torrijos y Juan Velasco Alvarado
Les quiero contar otro hecho, porque si no esta historia no se entiende. El derrocamiento de Allende generó en mí y en otros muchachos un gran desprecio hacia los militares gorilas que dirigieron el golpe. Pinochet nos resultaba repulsivo.
Trabé amistad con cuatro muchachos panameños que estudiaron conmigo, particularmente con un gran amigo, Antonio Gómez Ortega. Él me habló de Torrijos y un día me trajo la revista de las Fuerzas Armadas, con fotos en las que se veía al Presidente dando un discurso, con campesinos, con cadetes. Admiré la diferencia del lenguaje en aquel militar y me decía: “Torrijos sí tiene un gobierno popular, distinto, progresista; pero Pinochet no es el camino, porque él está exactamente en el otro extremo”. Tenía 20 años y ya andaba yo ubicado, pues.
Ese mismo año, en diciembre, conocí a Juan Velasco Alvarado, a partir de uno de esos hechos totalmente casuales que aceleró en mí el proceso interno, de forja, de enrumbamiento político. Se cumplían 180 años de Ayacucho y en la Academia Militar me pasaba el día hablando de Bolívar. Siendo alférez todavía, me enviaron varias veces a dar conferencias a la tropa. El capitán Carrasquero Sabala, que era el jefe del cuarto año, me llamó: “Chávez, hemos escogido a 12 muchachos para ir en una comisión a Ayacucho. Va la escolta de la bandera y un grupito más. Como usted es de los bolivarianos –ya nos llamaban así a varios de nosotros, Ortiz Contreras entre ellos–, lo hemos escogido”. Se imaginarán qué alegría.
Esa noche me fui para la biblioteca –había también allí una bella bibliotecaria, pero primero el libro, primero la patria– y comencé a estudiar qué estaba ocurriendo en el Perú. Descubrí el Plan Inca y que allí se estaba produciendo una revolución dirigida por un militar nacionalista. Pasamos en Lima varios días, haciendo preguntas a todo el mundo, alimentándome de aquel proceso e intercambiando con cadetes colombianos, panameños, peruanos y chilenos. Me hice amigo de un chileno, y le reclamaba mucho por lo de Allende. Nunca se me olvidará su nombre: Juan Heiss.
Nos llevaron a la casa de gobierno y allí estaba Velasco, en una recepción dedicada a los oficiales y cadetes, donde ofreció unas breves palabras y nos hizo llegar dos libritos, La Revolución Nacional Peruana y El Manifiesto del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada de Perú. Después de escuchar a Velasco, me bebí los libros hasta aprenderme de memoria algunos discursos casi completos. Conservé esos libros hasta el 4 de febrero de 1992. Cuando me apresaron, me lo quitaron todo.
Les cuento todo esto porque la toma de conciencia política no fue automática. Sin lugar a dudas estos hechos dispararon mis convicciones a un determinado estadío espiritual. Y ya de ahí no he retrocedido, pues.
Bolívar
A mi promoción le dieron el nombre de Bolívar. Ese fue para mí un día de emoción y júbilo. Se oponían algunos viejos militares, quienes argumentaban que el nombre de Bolívar era muy grande para un grupo, que sería enorme el compromiso que llevaríamos, que ya había otra promoción llamada de esa manera –la de 1940–. Aun así, nos dieron ese nombre y a partir de entonces no fuimos otra cosa que “los bolivarianos”, y nos sentíamos como tales.
Desde la Academia, no sólo impartía de vez en cuando algunas charlas a los soldados sobre el pensamiento del Libertador, sino que cuando me tocaba sancionar a los cadetes, jamás les imponía un esfuerzo físico –dar vueltas al patio corriendo, que era lo que se hacía–, sino que los paraba en grupitos frente a la estatua de Bolívar. Les leía sus textos, o los llevaba a un salón de clases, a la hora del casino y de la diversión, y les contaba pasajes de la Campaña Admirable.
Esa pasión por Bolívar comenzó en aquellos años, estudiando la Historia Militar con el general Jacinto Pérez Arcay y con el comandante Betancourt Infante, que era otro excelente instructor de Historia. Pérez Arcay les contó a ustedes el lío del cual me salvó, luego de una conferencia en la casa natal de Bolívar, en la que me enfrenté públicamente a alguien que dijo que el Libertador era un tirano.
En mi intervención de ese día traté de argumentar la situación que afrontó Bolívar. Sí, él gobernó realmente bajo dictadura; pero una cosa es una dictadura por necesidad, por obligación, debido a la anarquía, y otra, tiranizar a un pueblo. En una ocasión, le dijo a su pueblo: “No me pidan que hable de libertad, ¿cómo hablar de libertad, si he asumido la dictadura?”
Frente a aquella tendencia antibolivariana, de descrédito a su figura, comencé a argumentar con datos históricos esa situación. ¡Ah!, entonces alguien dice –una mujer–: “Estos son unos pichones de dictadores”, le repliqué duro y se abrió el debate. Después se paró un profesor de historia del MEP y defendió mi posición. La novedad llegó a la Academia. Tuve que hacer un informe el domingo por la noche y Pérez Arcay me salvó de aquel lío que hubiera podido costarme la expulsión de la Academia por emitir opiniones políticas.
Cuando Carlos Andrés Pérez me entregó el sable de graduado en la Academia, ya yo traía el acimut, la brújula perfectamente orientada. El Hugo Chávez que entró allí fue un muchacho del monte, un llanero con aspiraciones de jugador de béisbol profesional. Cuatro años después, salió un subteniente que había tomado el rumbo del camino revolucionario. Alguien que no tenía compromisos con nadie, que no pertenecía a movimiento alguno, que no estaba enrolado en ningún partido, pero sabía muy bien a dónde me dirigía. Como dijo José Ortega y Gasset, “soy yo y mi circunstancia”. Hugo Chávez ya era el hombre y su circunstancia.
Otro tipo de militar
Llegué a Barinas de subteniente, con cierta ventaja sobre otros oficiales. Tenía muchos deseos de cambiar las cosas y estaba, además, en mi patio. A lo mejor si me hubieran mandado a Maracay, no hubiera podido participar en tantas cosas.
Con mi primer cheque pagué un hotel cerca de la Plaza de Venezuela. Tenía un sueldo como de 2.000 bolívares, que era una cifra más o menos importante en esa época. A los pocos días me le aparecí a Rosa Inés con una nevera, una cama nueva, unos muebles, un ventilador, un radio grande... Pero casi no tenía tiempo de salir del cuartel. De lunes a viernes siempre dormía en el batallón que quedaba fuera de la ciudad.
Los viernes en la tarde, cuando no tenía guardia, me ponía mis jeans, mis botas de goma y mi camisita, y aparentemente era el mismo Huguito de antes, en la casa de la abuela. En Barinas estuve desde julio de 1975 hasta mayo de 1977. Fueron casi dos años, muy importantes en mi vida. Era el mismo Huguito y a su vez otro, forjado como soldado. Me metí en varios líos. Primero, Bolívar. Empecé pintando su rostro en el cuartel y hacía notar cuán en serio me tomaba su obra.
Fui el primero del Plan Andrés Bello que llegó a ese batallón, y algún oficial trató de humillarme llamándome, no por mi grado, sino por el título universitario, en tono despectivo, irónico: “Licenciado Chávez...” Cuando me llamaba así, no le respondía. “Subteniente Chávez...” “Ordene, mi Capitán”. Es decir, empecé dándome a respetar. En una ocasión me increpó: “¿Por qué no me responde cuándo le digo ‘licenciado’?” “Soy subteniente y licenciado”. Por responderle de esa manera me impuso un castigo que me negué a cumplir. Además, me gritó delante de unos soldados a los que yo les impartía clases de comunicaciones, que era mi especialidad. Le contesté: “¡No me grite delante de subalternos, mi capitán!” “¡Véngase conmigo!” “Vamos”. Y nos fuimos a ver al comandante.
Ahí empezaron mis líos, porque yo era respondón, pues. Por otra parte, andaba en varias actividades al mismo tiempo. Por ejemplo, jugaba béisbol. Todavía picheaba, tiraba duro la recta, jugaba primera base, cuarto bate. El primer jonrón que se dio en el estadio de Barinas lo di yo una noche preciosa en la que me iban a arrestar.
Al capitán aquel no le gustaba el deporte. Me decía: “Eres militar, o eres pelotero”. Nunca pude convencerlo de que podía ser las dos cosas a la misma vez. “Dedíquese al deporte con los soldados”. “Estoy dedicado, mi capitán”. El equipo de los soldados era bueno, pero quería jugar en el béisbol organizado. Tenía solo 22 años.
Un día me llamó el entrenador Encarnación Aponte y me invitó a jugar en el equipo de Barinas, frente a otro de Caracas que llegaba ese fin de semana. Estaban inaugurando el estadio, pues había un campeonato nacional programado ese año en Barinas. Él necesitaba un zurdo. “Pide permiso”, me decía. “Si lo pido no me lo van a dar”. Finalmente, me fui para el estadio sin el permiso. Los visitantes eran del equipo Ascenso, del Distrito Federal. En la primera entrada metí un batazo, un tubey. Después me tocó batear otra vez. No sabía que estaban narrando el juego por la radio local: “Radio Barinas trasmitiendo...”
En ese tiempo no había bate de aluminio, pero tenía uno de madera muy bueno... Mi hermano Narciso, que estudiaba en Estados Unidos, me mandó de regalo aquel de marca Adirondack, un bate largo como ese de Sammy Sosa, pero liviano. El pitcher de Caracas tiró una curvita y le di: “¡Praaa!”, y veo que la bola se va..., se va..., se fue de jonrón.
Estaban trasmitiendo por radio, y en el batallón los soldados lo escuchaban. Ya eran más de las nueve de la noche, hora de silencio en el cuartel. Armaron tal escándalo –“¡Eh, jonrón! ¡Viva mi teniente!”– que se despertó el capitán y fue a ver qué pasaba: “Oye, prendan la luz, qué lío es este?” “Capitán, estamos muy contentos porque mi teniente Chávez metió un jonrón”. “¡¿Cómo?! ¿Chávez Frías?” “Sí”. Al día siguiente me pidió arresto por violar una orden. Apelé al comandante. Me franqueé: “Mire, comandante, aquí en este batallón hay unos diez subtenientes. Si usted va por la noche a Guayanesa –un burdel famoso en Barinas–, los consigue allá con unas mujeres y una botella de ron; o en el casino militar, con sus novias, bailando, tomándose unos tragos. En cambio, a mí me gusta el deporte. No puedo entender que me vayan a arrestar por jugar béisbol, por poner en alto el nombre del batallón que usted comanda”. Toda Barinas había oído en la radio que me habían presentado como el subteniente del Batallón de Cazadores. Y sigo: “Comandante, ¿no cree que es mejor que yo esté en el béisbol y no de tragos y mujeres?” El comandante me respondió: “Usted tiene razón. Le doy permiso para jugar”. Desde ese día nadie más me molestó, y el capitán disgustadísimo.
El Batallón se acercó al pueblo
El capitán me andaba cazando cualquier falla. Jugaba al béisbol en el equipo de Barinas, dos o tres veces a la semana. Generalmente salía del cuartel vestido de campaña –que era el traje diario, porque integrábamos un batallón antiguerrilla–, me montaba en un Volkswagen que yo le había comprado al comandante y, luego, me cambiaba en el dugout, junto a un soldado llamado William, de Barquisimeto, que era tremendo short-stop. Era muy usual salir de pronto para la frontera. Sin embargo, como mi especialidad era la de comunicaciones, no tenía que patrullar con pelotones. Acompañaba al comandante en los puestos de comando. El oficial de comunicaciones, por doctrina, está siempre cerca del comandante, asesorándolo para las transmisiones por radio. Eso me permitía estar cerca del jefe y del segundo.
Por esa cercanía, y porque me tomaba el béisbol a la tremenda, el comandante me pidió que me encargara del deporte en el batallón. Como conocía al jefe del Instituto Nacional de Deportes en Barinas, y a los deportistas no sólo de béisbol, sino de fútbol y de básquetbol, conseguí entrenadores gratuitos. Era una especie de Misión Barrio Adentro, pero a pequeña escala. Recuerdo a un uruguayo, el profesor Méndez, que iba dos veces a la semana a darles charlas y a preparar al equipo de fútbol, sin pedir nada a cambio.
Fuimos campeones dos años seguidos en los juegos inter-batallones: en béisbol, fútbol, voleibol, básquetbol y atletismo. Me dediqué a convertir la sabana donde jugábamos en un campo de béisbol. Hicimos un estadio con las medidas reglamentarias. Conseguimos arena blanca y arena roja, y un camión para transportarlas; picábamos rectángulos de tierra con la grama; levantamos una cerca de palitos, y ese campo se puso bonito. Construimos dos dugout, dos casitas, y cuando vinimos a ver, teníamos tremendo estadio. Lo inauguramos con una fiesta que parecía una feria.
El comandante me autorizó para que el equipo de Barinas entrenara en nuestro estadio, que pasó a ser el mejor de Barinas después del “Cuatricentenario,” y le dimos acceso a todo el que quería ir a vernos. Me nombraron encargado de la campaña para la captación de aspirantes a la Academia Militar. Recorrí todos los liceos del Estado Barinas, unos diez, para darles charlas a los muchachos de quinto año, y motivarlos. A algunos los llevé a Caracas y hoy ya son coroneles.
También, me autorizaron a escribir una columna en el diario El Espacio, de Barinas. Salía los jueves, bajo el título: “Proyección patriótico cultural Cedeño” –Manuel Cedeño fue un general de nuestra independencia, y así se llamaba también nuestro batallón–. Era una columna que me gustaba mucho y la gente me decía que era muy bonita, hablaba de historia y de la unión cívico-militar. Escribía, por ejemplo: “Bajo el sol calcinante de los llanos, todas las tardes, los soldados del Batallón Cedeño se dirigen a hacer deportes tal, tal y tal, mientras otros salen al huerto...” Porque hicimos un huerto y también teníamos unos conejos, unas siembras de lechosas, parchitas... Era también una especie de Plan Bolívar 2000.
De cuando en cuando pasaba por Radio Barinas a promover la captación de aspirantes. Había un guión que a uno le mandaban desde Caracas, pero yo le añadía cositas. Jamás les dije que tendrían un sueldo seguro, sino que les hablaba de Bolívar y lo que de él dijo Martí. Lo había leído en uno de los libros de Pérez Arcay y me lo aprendí de memoria y hasta lo pinté en las paredes con ayuda de los soldados, a quienes también les di clases de pintura.
Fue una etapa muy intensa, en la que andaba metido en el deporte dentro y fuera del batallón, hacía periodismo y campañas para captar estudiantes, y cuando se elegían las reinas en Barinas, hacía la presentación. No me faltaron cosas que hacer, hasta me hice animador de bingo. Lo más importante fue que el Batallón de Cazadores comenzó a tener otro perfil: ya no era una tropa antiguerrillera separada del pueblo, odiada a veces por la gente, sino la de unos muchachos que participaban en la vida deportiva y cultural de Barinas.
Los primeros signos de rebeldía
El dolor disparó en mí muchas cosas. El año 1982 fue de muerte y de vida. Nació mi hijo Hugo. Ascendí a capitán. Fue, también, el año del Samán de Güere. Ya estaba prácticamente consolidado como militar, después de haber pasado por muchas dificultades, por dudas: me quería ir, no me quería ir...
En la profesión militar, la Orden de Mérito es muy importante. Eres de los primeros o eres de los últimos. Por tanto, ser de los primeros es muy importante para el militar, particularmente para quienes hemos tomado la carrera como un apostolado. Me gradué con el número siete en la Academia, y éramos 67. Sin embargo, llegué a teniente entre los últimos, porque tuve muchos problemas. Como vaticinaría mi abuela, era rebelde, pues.
Discutía con los superiores, nunca me quedaba callado. Tuve un lío serio en un campo antiguerrillero, porque vi cómo torturaban a unos campesinos, supuestos guerrilleros, prisioneros de guerra. Les estaban pegando con un bate forrado en una cobija y daban unos gritos tremendos. Se notaba que eran pobres gentes, casi muertos de hambre, flaquitos. Me enfrenté al coronel: “No, yo no acepto esto aquí”, y le quité el bate y lo lancé lejos. Luego el coronel hizo un informe en mi contra, acusándome de haber entorpecido el trabajo de Inteligencia... Llegué incluso a pensar en irme para la guerrilla y hasta fundé en 1977 un ejército: el Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela. Ahora me río cuando lo recuerdo, porque sus miembros no llegábamos a diez.
Después de graduarme en la Academia y pasar por Barinas, formé parte de un batallón antisubversivo, primero en Cumaná y luego en San Mateo, en Anzoátegui. Estudiamos lo que era la guerra subversiva, pero ya yo me lo cuestionaba todo. Creo que desde que salí de la Academia ya estaba orientado hacia un movimiento revolucionario. Andaba muy inquieto, conversaba mucho con Adán y con otros compañeros de la izquierda. A esta influencia, se unió la investigación histórica sobre Maisanta. Todo ello fue alimentando mi sentimiento de rebeldía. En esa etapa comencé a leer a Fidel, Che, Mao, Plejanov, Zamora..., y libros como Los peces gordos, de Américo Martín; El papel del individuo en la historia; ¿Qué hacer? Y, claro, ya había empezado a estudiar profundamente a Bolívar.
Por cierto, algunos de aquellos libros aparecieron en la maletera de un Mercedes Benz viejo y agujereado por los tiros, que encontramos casualmente en un puesto antiguerrillero. El carro llevaba no sé cuántos años allí, arrumado dentro del monte. Agarré aquel botín, recompuse los libros, los mandé a empastar, me los leí y los guardé. Creo que todavía conservo algunos por ahí. Por tanto, me hice un hombre de izquierda a los 21 ó 22 años.
¿Cómo definir políticamente a una persona que se ha declarado maoísta, guevariano, marxista, bolivariano, peronista...?
Sencillamente soy un revolucionario.
No permitiríamos que nos tragara la corrupción
Desde los primeros días en Barinas comencé a percibir corruptelas, inmoralidad y arbitrariedades en algunos oficiales superiores. Y ya no dejaría de luchar contra ellas en los cuarteles. Un punto muy vulnerable, por ejemplo, era la comida de la tropa. Cuando tenía guardia –oficial de inspección se le llama– solía irme a las cuatro o las cinco de la mañana al rancho donde preparaban los alimentos. Esperaba a que llegara el camioncito del proveedor, con el queso para el desayuno y la carne para el almuerzo.
Ponía los alimentos en la tabla del dietista. “¿Qué le toca a cada soldado?” “80 gramos de queso”–me decían, por ejemplo. Sacaba la cuenta y la mayoría de las veces había menos de lo que estaba fijado. O nos entregaban unas botas de montaña que se dañaban en la primera marcha. Lo anotaba en el libro de “novedades”: “Se detectó una irregularidad...” Había mil maneras de robar. Y luego, los atropellos en el Oriente contra los supuestos o reales guerrilleros.
Todo eso fue conformando un sentimiento de resistencia ante las negligencias y arbitrariedades con que me topaba en los cuarteles y que trascendían la vida militar. Empecé a mirar al país y a tratar de buscarle explicaciones a la contradicción en que me encontraba. Sentía que a mi alrededor gravitaban situaciones, conflictos cotidianos, muy alejados de los principios bolivarianos y de los valores en los que nos habíamos educado. Entonces apareció esa pregunta incómoda para la élite militar y política, pero que se caía de la mata: “¿Qué democracia es esta que enriquece a una minoría y empobrece a una mayoría?”
Ya Juan Pérez Alfonso, uno de los fundadores de la OPEP, había lanzado su alerta de que nos hundiríamos en el “excremento del diablo” –como llamó al petróleo–, y habían pasado otras muchas cosas. Carlos Andrés Pérez había entregado la presidencia en 1978 al destaparse los hechos de corrupción que lo comprometían –a él y a su amante–, y no era el único. Uno se encontraba en los periódicos todos los días escándalos de corruptela y el cinismo de los gobernadores y políticos que se habían enriquecido a costa del pueblo.
Poco a poco me fui enrolando en una especie de campaña en la que, por supuesto, involucré a mis amigos militares. Dumas Ramírez, por ejemplo, se vinculó al movimiento desde que era capitán. También, logré captar a José Angarita. Nunca más lo he visto. Y otros más jóvenes, como Pedro Carreño, Jiménez Giusti... Casi todos de Barinas, incorporados al movimiento tras un trabajo de años. Cuando hicimos el Juramento del Samán de Güere en 1982 –ese año de muerte, de vida, y de compromisos–, ya había cuajado la conciencia de la necesidad de cambiar el estado de cosas, si no queríamos que ese ambiente que despreciábamos nos tragara a todos.
El Juramento de Samán de Güere
Andaba con Bolívar para arriba y para abajo. Daba charlas, reproducía sus pensamientos, compraba libros para regalarlos a los soldados y oficiales, y algunos deben tener ejemplares de los que yo les dedicaba con mi puño y letra, en un afán de cultivar el pensamiento del Libertador, de Zamora, de Maisanta.
Y no era yo solo el que lo hacía, sino también varios de mis compañeros, con quienes compartía la pasión bolivariana. Seguramente por esa razón me invitaron a que le hablara a la tropa. Mi jefe, en el regimiento de paracaidistas, era el coronel Manrique Maneiro, a quien le decíamos el Tigre, porque era de piel muy blanca y tenía los ojos “rayados”. El 16 de diciembre de 1982, en la tarde, me llamó: “Chávez, quiero que mañana reunamos a todo el regimiento de paracaidistas y que usted pronuncie unas palabras para conmemorar la muerte de Bolívar”.
Me entusiasmé muchísimo y llamé a todos los batallones para transmitirles la orden de mi comandante. En ese momento era jefe de la ayudantía del coronel y auxiliar de inteligencia del Estado Mayor del Regimiento de Paracaidistas en Maracay. A la una de la tarde ya estaba lista la formación. El oficial que estaba anunciando la ceremonia me preguntó: “¿Dónde está su discurso escrito para cuando me lo pidan?” Le respondí: “Mi mayor, no tengo escrito el discurso. Yo voy a decir unas palabras”. “Bueno, pero según el reglamento uno tiene que saber antes qué es lo que usted va a decir”. A esas alturas, ya él no podía hacer nada, así que comencé a hablar.
No era la primera vez que lo hacía de esa manera. Un “Día de la bandera” me pusieron a hablar en Barinas, cuando era subteniente, y mi discurso fue un reclamo. También levantó su roncha, porque me pidieron las palabras por escrito, y les dije: “Yo no escribo discursos”.
En Maracay, aquel 17 de diciembre, comencé recordando a Martí: “Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, [...] porque lo que él no hizo, sin hacer está hasta hoy”. Y enlacé con la situación de ese momento: “¡Cómo no va a tener Bolívar qué hacer en América todavía, con tanta pobreza, con tanta miseria; cómo no va a tener qué hacer Bolívar...” Cuando terminé el discurso como de media hora –no era una cadena, ni un Aló Presidente– sentí, de inmediato, la enorme tensión de los oficiales. Se rompió la formación y salimos trotando, uno al lado del otro. El mayor Flores Gilán nos mandó a parar en firme y me dijo con un tono muy duro: “Chávez, usted parece un político”.
En ese tiempo decirle político a alguien, sobre todo en un cuartel, era una ofensa. Se había degenerado tanto la política, que era como si a uno le dijeran embustero, demagogo, qué sé yo, algo muy despectivo. Felipe Acosta Carlez fue más rápido que yo al responderle: “Mire, mi mayor, el capitán Chávez no es ese político que usted dice. Lo que pasa es que así pensamos lo capitanes bolivarianos y cuando uno de nosotros habla de esta manera, ustedes se mean en los pantalones”.
El coronel Manrique Maneiro mandó a poner en firme a todo el mundo e impuso silencio. Asumió la responsabilidad de lo que había pasado con una mentira piadosa: “Señores, quiero que sepan que todo lo que el capitán Chávez dijo, él me lo comentó anoche en mi oficina”. Nadie se lo creyó, pero salvó la situación por el momento. Cuando nos retiramos, Felipe Acosta Carlez, que era un caballo de batalla, me invitó a trotar para liberar un poco de presión.
Con nosotros dos salió también el capitán Jesús Urdaneta y el teniente Raúl Baduel, a quien apreciábamos como si fuera compañero de la misma promoción. Siempre le hemos tenido un gran respeto por su nivel, por su don de gente, su forma de ser, su calidad como amigo.
Fuimos a quitarnos el uniforme de campaña y a vestirnos de deporte. Como no conseguí las botas, me puse los zapatos de softbol con tacos de goma. Eran poco más de las dos de la tarde. Fuimos a La Placera y luego en dirección al samán. Cuando llegamos al árbol los invité al juramento. Claro, estaba fresquecito todo lo que había ocurrido y andábamos con la indignación por dentro. Utilizamos el juramento de Bolívar: “Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”. Le cambié la última expresión, por esta otra: “...por voluntad de los poderosos”. Lo repetí y ellos lo escucharon. Al regreso, yo no aguantaba el dolor de las piernas y agarré un carrito junto con Baduel.
A partir de ahí tomamos este asunto con mucha seriedad. Entre los detalles que conversamos aquel día estuvo cómo empezar a captar oficiales, según un principio riguroso: si teníamos algún candidato, se aceptaría en el movimiento sólo por consenso. Nadie estaba autorizado a incorporar a otro por la libre, teníamos que ser muy cuidadosos.
Así quedamos. Pero al día siguiente estaba en mi oficina, y sentí la llegada de un carro, un auto deportivo, de marca Mustang. Era Felipe: “Mire, compadre, compadre –él hablaba así, ¿no?–, ven acá, ven acá”. Y salimos. Al frente del comando estaba el carro: “Mira, mira, ya tengo un subteniente listo”. Le digo: “Coño, catire, ¿no dijimos que era con calma?, vale, hasta que no haya consenso”. Me respondió: “Estoy seguro de que este carajito es bueno... Está dentro del Mustang, chico, y por lo menos asómate para que él vea que lo que estamos haciendo es de verdad; no vaya a pensar que yo estoy inventando aquí”. Cuando me asomé, el muchacho era nada más y nada menos que Ronald Blanco La Cruz.
Nace el movimiento bolivariano
Ya yo andaba en reuniones con algunos movimientos militares –como el de Trejo, que no acababa de cuajar–, y políticos –como el de Douglas Bravo–. Siempre insistía en la unidad, y una vez logré reunir a Trejo con Bravo en Maracay, antes de 1982, y hasta les inventé un verso : “Comandante Trejo, comandante Bravo, / juntos haremos la Revolución, ¡carajo!”
Se habían constituido varios grupos, pero no existía nada formal hasta el día del juramento. A partir de ese día nos dimos a la tarea de conformar un movimiento, amparado en el concepto del árbol de las tres raíces, intentando articular ideológicamente las concepciones que mejor se adaptaban a la realidad venezolana y, en particular, al contexto en el que nos movíamos.
Nos dimos cuenta de que la ideología que Douglas Bravo defendía no iba a tener eco en las fuerzas armadas. El marxismo chocaba con la naturaleza misma del cuerpo militar profesional. Era muy difícil mezclar abiertamente a Marx y a Lenin con nuestra formación prusiana. Al único que logré llevar ante Douglas fue a Luis Reyes Reyes; otros grandes amigos se negaron: “¿Conspirar con Douglas? Tú estás loco”. Comprendí que por ahí no andaba la cosa.
Por eso, acudimos de lleno al pensamiento bolivariano, a su ideología, nutriéndonos de todo lo demás. Comenzamos a investigar. Designábamos grupos con tareas específicas: el estudio del pensamiento de Bolívar, Miranda, Zamora, Simón Rodríguez...
Así fue cuajando como un pensamiento diverso, que dio sus primeros frutos a finales de los ochenta, particularmente después del Caracazo, en febrero de 1989. Esta rebelión popular le dio un gran impulso al movimiento. Cuando se produjo, reanudamos con más fuerza las reuniones y conspiraciones. Ya nuestro trabajo ideológico, político, organizativo, estaba consolidado.
Pero en años anteriores a 1989, pasamos por etapas en las que llegamos a pensar que el movimiento se había acabado, que se había venido todo abajo. Estaba muy aislado y vigilado. Me pasé tres años metido en las sabanas de Elorza, sin darme cuenta al principio de que esa experiencia era exactamente lo que me faltaba para conformar una visión integral de mi país.
Con los indios de Elorza
Siento que en Elorza terminé por descubrirme a mí mismo. Ahí seguí el rastro de Maisanta, que estaba fresco todavía en la memoria de los pobladores más viejitos. Encontré a una señora en un fundo llamado Flor Amarillo, que me indicó el lugar donde lo había visto cuando era niña. Me dijo: “Llegó por ahí, donde usted amarró el caballo, se acercó a esta casa y vio a mi abuela y a mi mamá de luto”. “¿Y por qué están de luto?, ¿dónde está mi compadre?” –dijo Maisanta. Las mujeres salieron llorando y le explicaron que había llegado un coronel del gobierno de Gómez a preguntar por el padre de familia, y como no lo encontró, secuestró a una de las muchachas de la casa. Por eso la mamá y la abuela de aquella señora estaban de luto, como si penaran a una muerta. Cuando llegó Maisanta, hacía como una semana que el coronel gomecista se había llevado a la muchacha, que era tía de la señora que me relató la historia.
“Aquel hombre alto –decía ella– preguntó: ‘¿Por dónde se fueron?’ Cogieron por el camino hacia las sabanas de Alcornocal, hacia el Caño Caribe. ‘Está bien, ya vuelvo’.” A los pocos días regresó con la muchacha. La rescató y la entregó a la familia. Muchos años después, esta viejita lloraba de agradecimiento al mencionarle el nombre de Maisanta. Cuando le expliqué que yo era su descendiente, me respondió: “Quiero decirle que a su bisabuelo lo hemos adorado en esta casa”.
Sesenta y tantos años después, encuentro en aquella tierra los rastros de las batallas y las esperanzas de Pedro Pérez Delgado, así como las de los indios yaruros y los cuivas. Me involucré en sus dolores hasta el alma. Aprendí a quererlos. A su lado viví experiencias terribles y, también, hermosísimas. Los indios fueron atropellados toda la vida y yo lo sabía, pero vine a tomar conciencia de eso allá, cuando era capitán en su mismo territorio, viviendo a su lado.
Mi primer encuentro con los indios fue una gran batalla en la ribera del Caño Caribe, en Apure, cerca de la frontera con Colombia. Llegaban los terratenientes hasta el escuadrón de caballería para denunciar a los indios. Al cura de ese pueblo, Gonzalo González –que ya no es cura, se casó y sigue viviendo allá con su mujer– lo quise y lo quiero mucho. Él me dijo cuando llegué a ese lugar: “Mire, capitán, muchos de esos señorones que usted ve ahora por aquí, que tienen hatos y son ricos, salían hace veinte años a matar indios, como quien mata venados. Los masacraban y los echaban de las tierras, pues”. Me contó cómo hasta los quemaban vivos.
Hubo un caso famoso, conocido como “la mataza de La Rubiera”. Invitaron a unos indios a trabajar en un fundo. Ellos fueron con sus niños, porque los indios no dejan a sus criaturas. Cuando estaban comiendo en un rancho, llegaron unos hombres blancos y los machetearon a todos. Sólo dos sobrevivieron. Se tiraron al río y llegaron al pueblo dos días después, buscaron al cura, que los escondió y luego los trajo para Caracas, donde reventaron el lío. Realizaron la investigación y encontraron los cadáveres quemados. Todos esos cuentos me los hizo el cura.
A mi comando llegaban quejas de los ganaderos y siempre les decía: “Eso no es problema mío, sino de la policía; vaya al pueblo y haga la denuncia”. Nuestro escuadrón quedaba llano afuera. Los ganaderos empezaron a decir que yo no colaboraba, porque estaban acostumbrados a que el ejército atropellara a los indios y yo siempre les decía que esa no era mi tarea.
Pero un día llegó una señora muy pobre, llorando: “Que los indios me robaron dos cochinos. Tenía una alcancía y la rompieron y botaron el dinero. Eran puros fuertes de plata”. Me dio dolor y salí a ver qué pasaba con los indios. Seleccioné unos 15 soldados y nos fuimos con un baqueano –un viejo rastreador– que había sido soldado de las tropas de Pérez Jiménez. Aquel hombre me enseñó mucho ese día. En algún momento me dijo: “Huele a indio”. Yo no olía nada. “Aquí orinaron y fue una mujer”. “¿Cómo sabe que es mujer?” “Porque deja pocitos..., mientras que el macho lo riega todo...” Era un experto en cacería de indios.
De pronto, me advirtió que los indios estaban cerca. Los vi con los binoculares. Estaban debajo de una mata de mango comiéndose las frutas. Ingenuamente, le dije al sargento: “Vamos a rodear la mata”. El baqueano me advirtió que no iba a poder llegar hasta ellos. “Voy a tratar”. “Tenga cuidado”. El viejo me acompañó, valientemente. Me puse el fusil en bandolera, con el cañón hacia abajo y di la orden de que nadie disparara, salvo si yo lo ordenaba.
Cuando los indios me vieron improvisaron un extraordinario e inmediato dispositivo de defensa. Fue como si hubieran salido veinte rayos de la mata de mango. Se dispersaron como un celaje en el monte, incluidas las mujeres con sus hijos. En un abrir y cerrar de ojos los hombres me dieron batalla. Sacaron sus cuchillos y se nos vino encima una lluvia de flechas. A mí me pasó una tan cerca que por poco me alcanza en la cabeza.
Con tantas cosas que habían pasado, ellos pensaban que íbamos a atacarlos. Agarré la pistola y disparé al aire. Mandé a los soldados a que se replegaran. Incluso, hubo hasta un encuentro físico entre un indio y dos soldados, pero por suerte no hubo heridos. Si llega a haberlo, me meto en tremendo lío, porque yo no tenía autorización para ir a perseguir indios.
Traté de tranquilizar a los soldados: “Aquí nadie dispara”, y los indios se fueron. En ese momento oí en la espesura los gritos de una india. Era pleno invierno. Llegamos a la orilla del Caño Caribe –que estaba crecido y muy caudaloso– y veo a una mujer en el medio del agua, que cargaba a su niño en cuadril, un bebé peloncito. Con una mano sujetaba al muchacho y con la otra, nadaba aguantando un cuchillo. A mi lado estaban los soldados y el baqueano. Nunca en mi vida olvidaré los ojos de aquella mujer que me lanzó una mirada, un relámpago de odio, y me impactó. Se hundía en el agua, con el niño, y salía otra vez. Yo estaba angustiado: “Se va a ahogar”. ¿Sabe lo que me dijo el baqueano? “Capitán, dispárele”. Y no era un mal hombre ese, hasta donde yo lo había conocido. Me sorprendió: “¿Cómo?” “Mátelos, esos son animales, y ese carajito cuando crezca va a echar flechas también”.
Por supuesto, no lo hice. Me aseguré de que la mujer finalmente cruzara el río y se reuniera con los suyos. Me sacudieron dos cosas aquel día: primero, la respuesta de los indios al verme uniformado, y aquel “mátelos, que son animales”. Estuve varios días reflexionando sobre eso.
¿Tú sabes qué pasa todavía con los indios? Si te ven a ti con unos indios, dicen: “Por ahí pasaron diez indios y un racional”. Todavía se oye eso, a estas alturas. Y lo comenta a veces gente humilde, pobre, campesina. Me preguntaba cómo cambiar semejante situación, ¿qué hacer? Ahí es donde interiorizo ese drama, la estructura social salvaje y profundamente excluyente de la sociedad rural venezolana.
Me fui a la biblioteca de San Fernando de Apure, a la Oficina Regional de Asuntos Indígenas para estudiar la población indígena y ubicar en un mapa dónde vivían. Me hice amigo de Arelis Sumávila, una socióloga de la Universidad Central de Venezuela (UCV), que llevaba como veinte años estudiando a los cuivas y a los yaruros. La llamé. Me dejé crecer el cabello y me fui en una de las expediciones de Arelis, a visitar indios, vestido de civil, con otros dos muchachos. Ella nos presentó como estudiantes, que realizaban una investigación.
Pasé entre los indios varios días, durmiendo y comiendo con ellos, tratando de entender su mundo. Me acogieron como a un amigo. Me fui y luego, como a las dos semanas, regresé uniformado. Primero se alebrestaron, y yo me quité la gorra y llamé por su nombre al capitán indio: “¡Vicente!...” Ellos se quedaron paralizados, porque respetaban mucho a Arelis. Nos sentamos a hablar, y al rato estaban los soldados como si nada, entre ellos. Ahí comenzó un proceso de acercamiento, que terminó en una adoración mutua.
Cuando esos indios iban a Elorza –ellos andan siempre juntos–, llegaban al patiecito de mi casa y Nancy, la madre de mis tres muchachos mayores, compraba pan y hacía comida para 60 ó 70 personas. Un día Nancy me dio las quejas: “¿Cómo es posible? Mira, esos indios me llevaron las pantaleticas de las niñas”. Ella tenía ropa recién lavada sobre la cuerda del patio. Le expliqué: “Ellos no tienen idea de la propiedad privada; no tienen noción de que esto es tuyo y esto es mío. Toman lo que necesitan, como se toman las frutas de los árboles o los peces en el río”.
Me contaron años después que dos jóvenes capitanes indios estaban en Caracas el 4 de febrero de 1992. Habían venido a la universidad con la amiga socióloga. Cuando transmitieron mi alocución en la televisión, uno de ellos se puso a llorar y dijo: “Ese es Chivas Frías –nunca lograron pronunciar Chávez Frías–. Yo sabía, yo sabía...”
Nuestro rechazo absoluto a la ideología imperial
A partir de la llegada de mi generación a la FAN, la influencia de Estados Unidos fue disminuyendo progresivamente. En nosotros creció un sentimiento nacionalista, que surgía entre los militares venezolanos. Por ejemplo, cuando nosotros llegamos a los campos antiguerrilleros, ya no había asesores gringos. Cada vez iban menos oficiales a estudiar a las academias militares norteamericanas. Yo estuve a punto de ir a Estados Unidos, pues quedé en primer lugar en uno de los cursos y me correspondía, según el reglamento, optar por estudios superiores en el exterior, que casi siempre eran en ese país.
No fui, pero como ustedes han comprobado en las entrevistas, muchos de los que asistieron a esos cursos, no sólo no se envenenaron con la instrucción norteamericana, sino todo lo contrario, reforzaron su sentimiento nacionalista. El proceso ideológico que se fue gestando en los cuarteles tomó distancia del imperialismo. Estudiábamos a Bolívar, y la consecuencia lógica fue el rechazo absoluto de la ideología imperial.
Por ejemplo, Ronald Blanco La Cruz estuvo varios años en una academia militar en Estados Unidos. Lo vi el día que regresó a Caracas y me comentó: “Después de estos dos años en ese país vengo más convencido de que tenemos que hacer la Revolución”. Sintió el desprecio hacia los latinos, la subestimación hacia nuestros pueblos. Como diría Martí, vivió en el vientre del monstruo y conoció sus entrañas.
Por supuesto, Venezuela siente hoy como nunca el peligro del acecho norteamericano, que siempre estuvo y estará ahí. Sin embargo, creo que el riesgo mayor ha quedado atrás. Los oficiales que se comprometieron con el golpe de Estado y con la contrarrevolución estaban fuertemente conectados con la embajada y el gobierno norteamericanos. La mayoría se fue. Se hizo un deslinde bastante evidente entre los apátridas y los patriotas. Estoy convencido de que nuestras fuerzas armadas, desde los cuadros máximos y los altos mandos hasta los cadetes, están muy conscientes de eso.
La decisión de sacar la Misión Militar norteamericana de Fuerte Tiuna fue respaldada por la mayoría de los oficiales. Ellos fueron incluso los que diseñaron el proyecto de hacer una escuela allí. Un capitán me comentaba la posibilidad de traer a ese lugar a los indios y los pobres para que estudien y puedan disponer de dormitorios. Es decir, un hotelito y una escuela para que los venezolanos más humildes pasen cursos sobre hidropónicos y organopónicos.
El riesgo de una nueva acción norteamericana siempre existirá. Ellos nunca abandonarán la idea de captar, de comprometer a la gente contra una Revolución que ha dicho claramente que el imperio es su principal enemigo. Pero encontrarán una gran resistencia dentro de la Fuerza Armada. No se puede subestimar la gran fortaleza ideológica, doctrinaria y nacionalista de nuestros militares. Sobre todo eso, su gran sentimiento nacionalista.
Voy a salir con dignidad
El 4 de febrero de 1992 me llevaron preso unas horas después del inicio de la rebelión. Cuando estaba en el Ministerio de Defensa, en la misma oficina donde hoy está García Carneiro –allá mismo me llevaron y al rato me vi sentado tomando café, fumando, muy preocupado, y oyendo lo que hablaban los generales–, me di cuenta de que iban a comenzar a bombardear a los muchachos de Maracay y Valencia. Me dirigí a un almirante y le pedí que me permitiera hablar con mis compañeros en esos lugares: “Tienen que evitar ustedes una matanza; ya hemos depuesto las armas”.
Incluso llegué a pedir un helicóptero para ir a Maracay a hablar con Jesús Urdaneta, que no quería atender razones de nadie. Él me había dicho el día anterior, en el mismo lugar donde diez años antes habíamos hecho nuestro juramento en el samán de Bolívar: “Compadre, si esto falla, yo no me rindo”. Urdaneta estaba dispuesto a inmolarse. Cortó los teléfonos y no quería recibir a nadie. Lo tenían rodeado y ya iban a bombardear el comando de los paracaidistas. En ese instante les pedí a los oficiales que me permitieran ir en helicóptero a hablar con él y convencerlo de que se rindiera. Pero no aprobaron esa solución.
Se me ocurrió entonces una idea quizás pueblerina, pero práctica: “Manden a llamar a alguien de Radio Apolo, que lo oyen mucho en Maracay, y yo les transmito el mensaje por esa vía”. Ahí surgió la idea de incorporar todos los medios –incluida la televisión–, que no fue exactamente a mí a quien se le ocurrió. Uno de los almirantes –inspector de la Fuerza Armada– dijo: “Chávez, podríamos llamar a los medios para que usted lance su mensaje de rendición a toda la gente”.
Estuve de acuerdo y así se hizo. Ellos querían entonces que escribiera mi mensaje y yo me negué de plano: “No voy a escribir nada. Voy a llamar a rendición. Les doy mi palabra de honor”. Pedí mi boina, mi fornitura, porque recordé a Noriega, a quien los americanos lo sacaron todo doblado, desmoralizado. “Yo voy a salir con dignidad” –pensé. Entonces salí y dije lo que ustedes ya conocen.
Después, en la cárcel, descubrimos que, antes de la rebelión del 4 de febrero de 1992, habían intentado asesinarme. Ocurrió tres meses antes, en diciembre de 1991. El movimiento fue penetrado por ciertas organizaciones de extrema izquierda –que ahora son de extrema derecha–, grupos que siempre han sido mercenarios, algunos procedentes de Bandera Roja, de la gente de Gabriel Puerta Aponte y otros.
Bandera Roja infiltró el movimiento militar a espaldas de los comandantes. Habían estado incitando a los oficiales subalternos, a los capitanes y a un grupo de sargentos, para que desconocieran nuestro liderazgo. Yo me negaba a incluirlos a ellos en el comando. Teníamos informaciones de cuáles eran sus tendencias y sabíamos que estaban empujando a un sector de las fuerzas armadas para que se lanzara a una rebelión contra nosotros, con la idea de apoderarse de la dirección.
Cuando detectamos la infiltración, la combatimos muy duro. Recuerdo que ese diciembre llegué hasta aquí, hasta Miraflores, a conversar con unos oficiales que teníamos comprometidos. Vine a decirles, en persona: “Nadie mueve un soldado si yo no doy la orden directamente. Ustedes conocen mi letra y mi firma”. Hice lo mismo en el Batallón de Tanques y en el de los paracaidistas.
El primero que me alertó fue el negro Chourio, que era teniente de mi batallón: “Mire, mi comandante, me llamaron a una reunión y me dijeron que si yo estaba dispuesto a sacar el batallón a espaldas suyas. Esto es muy grave, se está cocinando una traición”. Después de la alerta comencé a investigar con un grupo de comando. Logramos frenar lo que hubiera significado el aborto del movimiento. En ese momento, Bandera Roja discutió la posibilidad de matarme, de sacarme del medio, y planificó el asesinato... Una noche, incluso, me invitaron a una reunión y yo fui, inocentemente. Pero los que tenían la misión no se atrevieron a atentar contra mi vida.
De eso me enteré después, en la cárcel, cuando uno de los implicados en aquel intento de asesinato me hizo toda la historia, una noche en que estábamos cantando con una guitarra y viendo la luna por la ventana: “Mire, mi comandante, yo tengo algo por dentro y quiero decírselo, porque ahora sí lo conozco. Me habían convencido de que usted había vendido la Revolución, que estaba desmontando el movimiento, entregándolo a los generales, que había negociado. Yo fui designado para matarlo”. Me contó todo. Fue el único intento de asesinato que conocí, así, por un testimonio directo.
Abril de 2002
¿Lo que más me dolió del golpe? Sin duda alguna: los inocentes que cayeron frente a este Palacio, abatidos por los francotiradores contrarrevolucionarios... Ese es uno de los dolores más grandes de aquellos momentos terribles en abril de 2002, y luego hubo otros muchos, ¿no? Los traidores duelen también. Pero al igual que me ocurrió cuando me enfrenté a la pérdida de la abuela, tuve una reacción de vida. Resurgí con mayor vitalidad.
Decía Carlos Marx que a la revolución le hace falta el látigo de la contrarrevolución. El látigo duele, pero enseña si ese dolor se transforma en fuerza.
Sin embargo, usted, como San Francisco de Asís, ha perdonado mucho.
Perdón no es la palabra. En verdad no los perdono. Por ejemplo, la traición de Luis Miquilena nunca la perdonaré. Perdonar sería como justificar. Sería como decir: “Está bien, te perdono y vamos a trabajar juntos...” No. Los traidores están allá, en el otro extremo. No están condenados por mí. Ellos están marcados y condenados por la historia.
Pero los golpistas están en la calle...
No porque yo los haya perdonado. Ni siquiera me han dado esa posibilidad. Si se hubiera podido seguir un juicio civil o militar, como debió hacerse, y a mis manos hubiese llegado la decisión de indultarlos, no los habría indultado. Las condenas definitivas pasan por mis manos y me toca decidir, incluso, si un juicio de tal naturaleza continúa o no, así de sencillo, según nuestras leyes civiles y militares. Pero eso nunca ocurrió. Si ocurriera, no los perdonaría.
Firmé la baja, por medida de expulsión disciplinaria, de algunos que fueron grandes amigos míos, y no me tembló la mano. No hay ningún perdón allí. Existe la imagen de que soy, además de noble, indulgente, y que he perdonado demasiado. No es así, entre otras razones porque en estos casos no me ha correspondido tomar una decisión acerca de esas personas.
Aquí vinieron a entrevistarme tres fiscales designados para el antejuicio. Aporté todas las pruebas que tenía a mi disposición –y fueron muchas– para tratar de condenar a los golpistas. Sólo que allá en el Tribunal Supremo, allá, los perdonaron. Fueron ellos, no yo. Si por mí fuera, estarían presos. Claro, con todo respeto hacia sus derechos humanos: sin torturar a nadie, respetando su dignidad.
Algunos dicen que el día del golpe yo regresé y mandé para sus casas a un grupo de personas que estaban detenidas. Era lo correcto: ponerlos a la orden de la Fiscalía. No podía mantener aquí, en un sótano, a mujeres y hasta algunos niños que se habían quedado encerrados en el Palacio, mientras los peces gordos estaban fuera. Así que lo primero que dije, cuando me informaron que tenían a todas aquellas personas aquí, fue que las soltaran. Ni siquiera las vi. Sí, he sido generoso. No me arrepiento de ello, ¿sabes? No me arrepiento de ello.
Un padre
Su hija María Gabriela nos dijo hace un rato: “Quiero a Fidel como a un abuelo, porque él quiere a mi padre como a un hijo”.
Es verdad. Fidel es como un padre. Así lo veo yo también, y una vez hasta se lo escribí. Desde hace mucho tiempo, él ha sido para mí una referencia obligada. En la cárcel leí mucho La historia me absolverá, Un grano de maíz, sus discursos y entrevistas... ¿Saben qué le pedí a Dios en la cárcel?: “Dios mío, quiero conocer a Fidel, cuando salga y tenga la libertad para hablar, para decir quién soy y qué pienso”. Pensaba mucho en eso: en salir para conocernos.
Luego se produjo el encuentro en La Habana –ahora en diciembre se cumplirán 10 años–. Esa reunión fue para mí maravillosa, y no olvidaré aquel contacto, las primeras horas de conversación. A medida que han pasado los años, Fidel se ha venido erigiendo como un padre. Así lo vemos mis hijos y yo, y hasta el nieto Manuelito, que dicen que se desternilló de la risa cuando vio a Fidel.
El día que él entró a la casita de la abuela en Sabaneta tuvo que agacharse. La puerta es bajita y él, un gigante. Yo lo veía, ¿no?, y le comenté a Adán, mirándolo allí, como si fuera un sueño: “Esto parece una novela de García Márquez”. Es decir, 40 años después de la primera vez que escuché el nombre de Fidel Castro, él estaba entrando en la casa donde nos criamos. Recuerdo aquel acto en la Plaza Bolívar, que pusieron la tarima donde no era por un problema de seguridad: ¡Ay, Dios mío! Esto es como una novela de esas que escribe el Gabo, pero en vez de 500 años de soledad, nosotros tendremos 500 años de compañía.
Fidel para mí es un padre, un compañero, un maestro de la estrategia perfecta. Algún día habrá qué escribir tantas cosas de todo esto que estamos viviendo y de los encuentros que he tenido con él... Se ha venido fraguando una relación tan profunda y tan espiritual, que estoy convencido de que él siente lo mismo que yo: ambos tendremos que agradecerle a la vida el habernos conocido.
No voy a traicionar mis orígenes
No voy a traicionar mi infancia de niño pobre de Sabaneta. Inmediatamente después que enterramos a la abuela Rosa Inés, en enero de 1982, me fui para la casa de Adán y allí, en la noche, junto a una lamparita que él tenía en su pequeño estudio escribí un poema dedicado a ella.
Me salió de un tirón. Fue una especie de juramento ante Rosa Inés, una memoria que es para mí sagrada:
Quizás algún día,
mi vieja querida,
dirija mis pasos
hacia tu recinto.
Con los brazos en alto
y con alborozo
coloque en tu tumba
una gran corona
de verdes laureles.
Sería mi victoria,
sería tu victoria,
y la de tu pueblo
y la de tu historia.
Y entonces,
por la Madre Vieja
volverán las aguas
del río Boconó,
como en otros tiempos
tus campos regó,
y por sus riberas
se oirá el canto alegre
de tu cristofué
y el suave trinar
de tus azulejos
y la clara risa
de tu loro viejo.
Y entonces,
en tu casa vieja
tus blancas palomas
el vuelo alzarán.
Y bajo el matapalo
ladrará Guardián,
y crecerá el almendro
junto al naranjal.
Y también el ciruelo
junto al topochal
y los mandarinos
junto a tu piñal
y enrojecerá
el semeruco
junto a tu rosal
y crecerá la paja
bajo tu maizal.
Y entonces,
la sonrisa alegre
de tu rostro ausente,
llenará de luces
este llano caliente
y un gran cabalgar
saldrá de repente.
Y vendrán los federales
con Zamora al frente,
y el catire Páez
con sus mil valientes,
las guerrillas de Maisanta
con toda su gente.
O quizás nunca, mi vieja,
llegue tanta dicha
por este lugar.
Y entonces,
solamente entonces,
al fin de mi vida,
yo vendría a buscarte,
Mamá Rosa mía,
llegaría a la tumba
y la regaría
con sudor y sangre,
y hallaría consuelo
en tu amor de madre
y te contaría
de mis desengaños
entre los mortales.
Entonces,
abrirías tus brazos
y me abrazarías
cual tiempo de infante
y me arrullarías
con tu tierno canto
y me llevarías
por otros lugares
a lanzar un grito
que nunca se apague.
Esos versos han sido y seguirán siendo mi compromiso con ella y conmigo mismo. Al lado de Rosa Inés conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendí con ella a trabajar y a cosechar. Conocí la solidaridad: “Huguito, vaya y llévele a doña Rosa Figueredo esta hallaca, este poquito de dulce”. Me tocaba ir, en su nombre, repartiendo platicos a las amigas y a los amigos que no tenían nada, o casi nada, como nosotros. Y siempre venía también de vuelta con otras cositas que mandaban de allá: “Llévele a doña Rosa esto”. Y era un dulce o alguna otra cosita de comida, que si una mazamorra o un bollito de maíz. Yo aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y que constituyen el alma de mi país. Traté de decirle a Rosa Inés en ese poema que nunca voy a olvidar sus enseñanzas y que nunca traicionaré nuestros orígenes.
"Chávez nuestro", de Rosa Miriam Elizalde y Luis Baéz. Editorial Hiru.
www.hiru-ed.com

DENUNCIA PRD PLAN DEL PAN PARA GANAR LAS ELECCIONES POR LA VÍA NO CONVENCIONAL

POR HUGO MORALES ALEJO / CÓRDOBA, Ver.- El Frente Político de Izquierda (FPI), denunció un supuesto plan del Partido Acción Nacional en Veracruz, para obtener la mayor parte de triunfos en las elecciones municipales de los 212 ayuntamientos y los 30 distritos electorales, basados en ducomentos presuntamente recibidos de personas militantes del PAN.
Manuel García Estrada y Juan Carlos Fernández Zulueta, coordinadores del FPI, se dijeron estar estupefactos del descubrimiento que, según ellos, es un plan parecido al fascismo italiano y de la Gestapo de la Alemania Nazi, donde, desde la dirigencia estatal del PAN, a traves del domuento de diez páginas, denominado Manzana Azul, firmado por el dirigente estatal del PAN, Alejandro Vázquez Cuevas, se ordena recultar a cada uno de los jefes de manzana de los ayuntamientos panistas, para convertirlos en promotres de la doctrina panista pero igualmente ordena que sean espías de los vecinos de cada cuadra para reportar cada tendencia partidista de los espiados, para concentrar todo este flujo informativo a los comités municipales y estatal. Incluye un grado de violencia electoral, en lugars donde la tendencia sea contraria, dice el documento, para que se anleu la casilla.
El proyecto Manzana Azul, indica que deberá comenzarse como prueba piloto en el Puerto d eVeracruz y en lugares donde gobiern el PAN. En una de las partes indica que los ciudadanos no panistas deberán ser investigados por los reclutas, incluyendo si es trabajador de algun empresario panista, para “acosarlo” desde su empleo, con el patrón o con los compañeros panistas.
Por su parte, el presidente municipal del PAN, Eduardo Illescas Cortés, negó conocer plenamente dicho documento, pero afirmó “sé que se aplica en algunos municipios del estado, pero no en l caso de Córdoba”.

miércoles, abril 11

LA DEFENSA DE LA DEMOCRACIA

La defensa de la Democracia
Manuel García Estrada
Después de leer con asco y repugnancia el documento emitido por el PAN para su estrategia 2007 en Veracruz vienen a mi memoria distintos eventos ocurridos a lo largo de estos años en los que he peleado por la democracia.
En 1988 escribía en correo convencional a todos mis amigos fuera de México sobre el fraude que estaban haciendo aquí, insistí cuanto pude pero en aquel tiempo era básicamente imposible lograr movilizaciones internacionales en favor de la democracia de cualquier país. El dolor del fraude de 88 aún revive en mi ser y me repito constantemente la pregunta de que ¿en dónde están aquellos que como yo vimos el fraude y hoy se callan y se alían con el PRI?
En 1991 salí por primera vez a las calles a manifestaciones abiertas contra la guerra en Irak y comencé a dar discursos callejeros sin mirar quien estaba alrededor. La invasión se dio y el mundo hoy mantiene la respiración al ver Bagdad bajo el fuego.
Hacia 1993 y con 4 años de trabajo profesional en favor de la cultura llegué a marchar junto a los veteranos de 1968 en ciudad de México, ahí estuve junto a Heberto y cientos de miles que aplaudíamos a los veteranos al pasar portando una manta que decía: "teníamos y tenemos la razón". Echeverría sigue libre, el asesino Gutiérrez Barrios no murió bajo plomo y el PAN sin Maquío encubre la barbarie siendo cómplice del genocidio.
Obviamente, con un historial de rebelde me sumé a la lucha zapatista a través del apoyo a grupos religiosos de la liberacíón y conocí al Tatíc Samuel Ruiz García, hice todo lo que pude porque se convirtiera en Nobel de la Paz pero el comité escandinavo no apoya a la lucha de los pueblos latinoamericanos. En ese año, 94, también me hice militante de la gran Alianza Ciudadana de observadores electorales, me capacitaron extranjeros y mexicanos que aman la democracia y que como yo, creemos que es el sistema menos malo de convivencia social.
Después de años los zapatistas se quisieron convertir en los únicos capaces de ser voz indígena y la justicia no llegó.
Desde 1997 me sumé a las filas del activismo partidista con determinación, trás haber ya colaborado con algún alcalde perredista de Veracruz de entre 1994 y 1997. En 97 colaboré con el PRD en campaña con un pésimo candidato de apellido Amador, el sujeto jamás ha sido digno representante de la izquierda y no se entregó a la campaña. No tenía ni posee nivel. Conocí entonces a varios perredistas que desde entonces les hice expediente porque siguen en sus mismas conductas contrarias a la izquierda y a la democracia.
En el 97 cuidé las casillas de la colonia antorchista, en donde pelée por la defensa de votos frente a una tal Minerva que hacía carruseles, presionaba a los representantes y funcionarios electorales, es más, para pronto, salimos entre ametralladoras corriendo hacia el centro de Córdoba. Gran democracia la del PRI cordobés y gran inoperancia del PAN, nunca han estado comprometidos con la democracia, menos con la justicia, mucho menos con el desarrollo, ven a la gente como borregos. Están equivocados.
Hacia el año 2000 otra vez quise ser representante del PRD pero para variar su estructura inoperante no permitió eso, tuve que alistarme a las filas de activistas en favor del cambio o contra el PRI a través de Fox y volví a la Antorchista en donde otra vez la Minerva y un tal Celerino hicieron de las suyas. El PAN bien gracias, inútiles como siempre; y el PRD ni siquiera cubrió las casillas, qué novedad.
Finalmente perdió el PRI, la pirotecnia de esa noche la saqué de mi casa. Así, a valor mexicano para festejar que se iba la dictadura... o eso aparentaba. En realidad ya vimos que Fox si traicionó a la dmeocracia como lo hace el espurio, desde entonces hasta ahora vivo los embates de la derecha, ya sea a través de que gente como Amelia Balmori, que continúa tratando de envenenar en contra de mí hasta parándose frente a mis amigos hasta los reproches de panistas de lana que me reclaman estar en el PRD. Gente que me ha boicoteado mi trabajo profesional sacando patrocinios o entorpeciendo mi trabajo. Tal como Rodolfo de Gasperín, que estaba en contra del festejo del arribo del año 2000, "Cordobónica". Le gané a un ayuntamiento viendole de frente y como promotor y productor independiente. Pobres panuchos, tan lejos de la razón y tan cerca del Papa.
Veo todo lo publicado, los riesgos, las amenazas de muerte, de represalías contra mí y mi familia, y trás todo ello me veo ahí, parado con unos perredistas sosteniendo banderas defendiendo los votos y al Peje. Veo el camino y a pesar de tanto tiempo trás leer MANZANA AZUL siento que no he aportado nada, los militantes del PAN van hacia atrás, traicionando a Maquío, aquel gordo maravilloso que conocí en su huelga de hambre frente al Ángel en ciudad de México. Estos panistas de Córdoba y los príistas convergentes que traicionan al pueblo de México queriendo el poder y el dinero.
Han pasado ya 13 años de que estuve en la Alianza Cívica aprendiendo qué debe ser un gobierno y qué debe ser una democracia... ellos, estos prianistas naranjas jamás han sabido valorar lo logrado, lo aprendido, siguen siendo esos sujetos una bola de zánganos enemigos del desarrollo.
Entre ellos se ayudan, se dan dinero, se hacen loas, fiestas, homenajes, se dicen aportadores a la sociedad, generadores de progreso... PURAS MENTIRAS. Entre ellos son reyes y el pueblo? no existe. Para ellos no existe.
Leo MANZANA AZUL y me avergüenzo de mi esfuerzo, ¿será necesario aún más? creo que sí.
Enfrentemos a los prianistas naranjas este 2 de septiembre, cómo podamos, hasta donde podamos y con lo que podamos.
México merece ser libre, verdaderamente libre. Sin casos como el de Ernestina. Y eso, eso depende de los que nunca somos vistos como iguales a los de dinero. Marx tenía y tiene razón, la lucha es y debe ser de clases, no de partidos.
Luchemos contra los enemigos de la democracia. Peleemos sin descanso. Ánimo. Que los niños del futuro y los adultos del futuro jamás nos reclamen que sabíamos de todo ésto y que nunca hicimos nada y nos prestamos a la simulación.
Y por favor. No creamos enlos caudillos, eso siempre ofende a la verdadera libertad. Seamos nosotros, así, como somos.
México será libre, con caudillos, sin caudillos o a pesar de los caudillos.

PERREDISTAS SEÑALAN DE FACISTA ESTRATEGIAS APLICADAS POR EL PAN.


PERREDISTAS SEÑALAN DE FACISTA ESTRATEGIAS APLICADAS POR EL PAN.


Van con todo, no importa que compren VOTOS. Vicenta Castañeda Velázquez
No solo peligrosas, sino represivas y fascistas, son la estrategias que aplican los panistas a nivel nacional, estatal y regional, con su programa denominado “ Ave Azul dos mil siete”, donde pretenden ir con TODO, para ganar la elección del presente año, específicamente en nuestro Estado y asegurar de esta manera la gubernatura en el dos mil diez.
Tras denunciar lo anterior ante Medios de Comunicación integrantes del Frente Político Democrático, entre ellos Juan Carlos Fernández Zulueta, agregaron que existe un documento bien delineado, el cual es prácticamente la doctrina, que implementaran especialmente entre las nuevas generaciones para lograr entronizarse en el PODER Político nacional.
Situación que fue calificada por informantes de fascista, al atentar contra la libertad de criterio ciudadano.
Explicaron que este atentado se observa desde el momento de que los dirigentes de comités directivos estatales, como en el caso de Veracruz, es Víctor Alejandro Vázquez Cuevas, quien ha dicho, que están dispuesto a COMPRAR VOTOS, es decir, CONCIENCIAS CIUDADANAS, cometes FRAUDES y otras estrategias más para GANAR a toda costa la elección del 2 de Septiembre del dos mil siete., garantizando así su presencia desde ayuntamientos hasta Congreso Local.
Este programa denominado a nivel nacional como Ave Azúl, en los Estado se modifica ya con el nombre de MANZANA AZUL, que están aplicando ya en algunas regiones de nuestra entidad.
Ante lo sucio, mañoso y fraudulento, que es este programa el PRD, lo denuncia con toda oportunidad a ciudadanos para que conozcan la “ calidad” de PANISTAS, quienes se dicen los plus ultra en el contexto político partidistas para ganar VOTOS a costa de cualquier cosa y acabar a otros partidos.

Desconoce líder panista tales estrategias internas

Desconoce líder panista tales estrategias internas
No se aplica a Córdoba
Silvia Ponciano Toral /El Mundo de Córdoba
México 11 de abril, 2007

El Comité Directivo Municipal del PAN en Córdoba dijo desconocer las acciones marcadas en la "Manzana Azul 2007"
El Mundo de Córdoba
El presidente del Comité Directivo Municipal del PAN, Eduardo Illescas Cortés, dijo desconocer el programa "Manzana Azul" que realiza su partido en tiempos electorales, sólo señaló que "se que se aplica en algunos municipios del estado, pero no es el caso de Córdoba"
Lo anterior al ser cuestionado sobre el programa que hace más de un mes causó polémica por darse a conocer que se trataba de un proyecto planteado por alcaldes de extracción panista para garantizar votos a través de los jefes de manzana, sin embargo el Comité Directivo Estatal informó que son estrategias internas que no tienen nada que ver con los ayuntamientos.
Por otra parte, Ilescas Cortés, aseguró que ya trabajan en los preparativos para obtener el triunfo en la próxima jornada electoral municipal "para ello ya inició la reestructuración de los comités, en las colonias y las comunidades, principalmente en lo que se refiere a capacitación".
El PAN enfrentará la jornada electoral con un padrón de militantes de 339 personas, aunque aseguró que "el electorado nos favorecerá, después de evaluar la actuación del alcalde Francisco Portilla".

Exhiben perredistas programa "Manzana Azul 2007" del PAN

Perredistas exhibieron el programa "Manzana Azul 2007" presuntamente del Partido Acción Nacional, donde exhorta a la militancia blanquiazul a comprar votos, coaccionar a los simpatizantes de otros partidos y llegar incluso a la violencia si es preciso para ganar los próximos comicios y la elección del 2010.
En rueda de prensa, Manuel García Estrada aspirante a la candidatura de la alcaldía de Córdoba, exigió al Instituto Electoral Veracruzano, investigue la veracidad del documento donde se difunde tal estrategia electoral.
Acompañado del consejero estatal del PRD, Juan Carlos Fernández Zulueta y otros militantes, García arremetió contra el contenido de "Manzana Azul", al considerar un acto de terror las misiones presuntamente encomendadas a los panistas por su propio líder estatal, Víctor Alejandro Vásquez Cuevas, quien firma el documento.
"Aquí dice que los jefes de manzana se encargarán casi de espiar a sus vecinos en su trabajo y su vida privada y si no son del PAN, los presionarán para que lo sean, permitiendo incluso las amenazas e intimidación", dijo.
El documento entregado en copia a los medios, membretado por el PAN, expresa además la orden de efectuar actos de proselitismo en la próxima jornada electoral, culpar al PRI de irregularidades ficticias en las casillas donde vaya perdiendo el PAN, "por los medios violentos que define el programa Ave Azul 2007".
Además, llama a excluir a los priístas, convergentes y perredistas de los apoyos federales y desalentar su deseo de votar el día de la elección, con apoyo de maestros y sacerdotes blanquiazules, entre otros puntos.
Todo ello, justificado en base a la fe católica, la libre empresa, el bien privado sobre el bien público, el liberalismo y el humanismo y cuya instrucción fue iniciar su difusión a partir del 1 de abril.
"Es una violación a la gente; invitamos a los priistas y convergentes a prescindir de intereses electorales para defender la democracia".
Manuel García Estrada, aspirante perredista a la candidatura de la alcaldía.

Propone PT que exista ley de salario a ediles

Propone PT que exista ley de salario a ediles
Tienen salarios elevados
Ana Laura De la Luz Medina /El Mundo de Córdoba
México 11 de abril, 2007
La militancia petista exigió una iniciativa de ley de salarios y pagos de honorarios aplicable a los funcionarios del ayuntamiento, al considerar que a la fecha sus percepciones son ostentosas.
Tras considerar que los ingresos de los ediles y directores de área, son una ofensa para la mayoría de los ciudadanos, Andrés Gómez Ojeda, dirigente del Comité Ejecutivo Municipal del Partido del Trabajo. enfatizó que solicitará la intervención a sus legisladores locales y federales para regularizar la situación.
"Es necesario que se ajusten los salarios de acuerdo a las condiciones económicas de la región y de la población y nosotros pediremos a nuestros legisladores presenten una iniciativa de ley que cuiden los intereses del erario público", dijo.
Lamentó que los ediles que surgieron de la coalición PRD-PT-Convergencia en la elección 2004, llámese Jesús Moreno Torres y Eliseo Illescas, declaren desconocer cuánto ganan ellos mismos.
"No es posible tanta desfachatez, sólo hacen que desconocen lo que ocurre al interior de la administración municipal", denunció.
Gómez recordó que el 23 de febrero del 2005, solicitó por escrito al ayuntamiento el plan municipal de desarrollo, el perfil profesional y político de los directores y subdirectores, la nómina del personal de confianza y el presupuesto y porcentajes de distribución del gasto público a ejercer en el trienio.
'"Pero no hubo respuesta y hoy vemos con pena que el erario público ha sido manejado de acuerdo a intereses personales de quienes tienen el control de las finanzas", concluyó.

martes, abril 10

PROGRAMA PANISTA MANZANA AZUL
























































Banco del Sur: ¿realidad o retórica?


Venezuela aprovechó la reunión anual del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Guatemala, del 18 al 20 de marzo, para buscar apoyo a su propuesta de crear una institución alternativa de fomento regional, el llamado Banco del Sur. Este plan ha sido promovido por el presidente Hugo Chávez y por su homólogo argentino, Néstor Kirchner, quienes han unido fuerzas y pretenden lanzar la nueva institución para finales de junio. De esta forma, Banco del Sur ha trascendido la retórica y los planes para convertirse en algo más concreto.
La propuesta ha despertado un escepticismo generalizado. Muchos piensan que es una iniciativa con fines políticos y un intento del gobierno de Hugo Chávez por alejar a América Latina de Estados Unidos, que es visto como el país que controla las instituciones multilaterales de crédito con sede en Washington. Sin embargo, la iniciativa ha tocado una fibra sensible en la región, donde hay muchos líderes molestos con las políticas y las condiciones impuestas por esas instituciones, y darían la bienvenida a una fuente alternativa de financiamiento.
¿Secesión financiera o integración regional?
Venezuela anunció que aportará mil 400 de los 7 mil millones de dólares para constituir las reservas de la nueva institución, y otros seis países -entre ellos Brasil- han anunciado su respaldo al proyecto. Además de Argentina -que contribuiría con unos 350 millones de dólares, de acuerdo con Kirchner-, Bolivia y Ecuador participaron en las reuniones preliminares en la ciudad de Guatemala. Los representantes brasileños acudieron por separado a juntas relacionadas con el banco en Buenos Aires, como parte de las reuniones de miembros de la Comunidad Sudamericana de Naciones.
Se prevé que en unas semanas habrá reuniones técnicas para preparar la constitución oficial del banco. El presidente de Paraguay, Nicanor Duarte Frutos, ha declarado que su país se incorporará al proyecto en una etapa posterior. El presidente de Nicaragua, el izquierdista Daniel Ortega -quien mantiene una relación cercana con Hugo Chávez-, dice que su país hará lo mismo. El ministro de finanzas de Venezuela, Rodrigo Cabeza, ha adelantado que los primeros créditos podrían otorgarse al comienzo del próximo año, aunque esta meta podría ser demasiado ambiciosa.
No más humillaciones
En buena medida, Cabeza usó la reunión del BID a fin de obtener apoyo para el Banco del Sur. El funcionario aseguró que la nueva institución de crédito tiene un compromiso social y fue concebida como un medio para "liberarnos de las asfixiantes y humillantes condiciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial". Funcionarios venezolanos han criticado los requisitos -considerados demasiado severos- que estas entidades y el BID imponen para el otorgamiento de préstamos. La idea es que haya un banco alternativo de desarrollo regional que financie proyectos sociales -como sistemas de salud y educación en Bolivia- y cuyo respaldo implique pocos compromisos políticos.
Sin embargo, no se ha definido qué tipo de garantías deberán ofrecer los potenciales solicitantes de préstamos al Banco del Sur. También falta conocer otros detalles sobre su operación. Sin embargo, la institución se ha convertido en una prioridad en la estrategia política de Chávez, y a menos que los precios del petróleo se desplomen a tal punto que vacíen las arcas de Venezuela -escenario improbable a corto plazo-, el mandatario está decidido a continuar con su plan.
El nuevo banco, entre cuyos objetivos estará profundizar la integración financiera y económica, también deberá conseguir personal capacitado y llegar a un acuerdo sobre su modelo de captación de recursos. Venezuela ha sugerido que los países miembros utilicen parte de sus propias reservas internacionales para capitalizar al banco, pero Brasil se ha opuesto.
Brasil, en medio
En la región ha ganado fuerza la percepción de que los movimientos políticos detrás de Banco del Sur son una amenaza para las instituciones multilaterales de crédito existentes. Brasil, que al principio estaba reticente a respaldar los planes del nuevo banco, ha aceptado incorporarse. El ministro brasileño de finanzas, Guido Mantega, dijo el mes pasado -luego de una reunión con su contraparte argentina, Felisa Miceli-, que su país participaría en el proceso de creación.
La diplomacia brasileña ha sido cautelosa para evitar oponerse al proyecto promovido por Hugo Chávez, pero tampoco desea socavar a los bancos de desarrollo regional existentes, como la Corporación Andina de Fomento (CAF) o su propio Banco Nacional do Desarrollo Económico y Social (BNDES), que ha ganado fuerza en años recientes. Los funcionarios brasileños argumentan que, en lugar de crear una institución desde cero, sería mejor aprovechar la experiencia de las existentes, como la CAF y el BNDES.
"Nosotros preferiríamos construir con lo que ya tenemos en la región para obtener resultados más rápidos. Pero no hay contradicción. Tampoco hay razón para creer que los distintos proyectos no convergirán eventualmente", señala un funcionario del Ministerio de Hacienda brasileño que participa en las negociaciones. De la misma forma, sostiene que el nuevo banco podría contribuir a profundizar la integración financiera en la región.
Aunque estuvo en la reunión en Guatemala, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Paulson, prefirió hacerse de la vista gorda ante estas maniobras. Reiteró el apoyo del BID, el principal banco de desarrollo de la región (en el cual Estados Unidos tiene una participación de 30%) e ignoró las pláticas sobre la integración de una institución alterna (que excluiría a Estados Unidos). Además de Brasil, ningún otro promotor de Banco del Sur fue visitado por el presidente estadunidense George W. Bush durante su gira de una semana por la región, en marzo.
Otros ven menos controversia en la creación de Banco del Sur. Federico Patiño, director general adjunto de Nacional Financiera, la principal institución mexicana de fomento, dice que Banco del Sur sería similar al Banco de Desarrollo de América del Norte (Nadbank), entidad lanzada por Estados Unidos y México luego de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) para financiar proyectos en el sur de Estados Unidos y en el norte de México.
Sin embargo, en privado muchos funcionarios reconocen que les preocupa que el nuevo banco venga a señalar o a exacerbar las crecientes divisiones ideológicas en la región, entre gobiernos conservadores y aquellos de tendencia izquierdista, y entre los que tienen una relación cercana con Washington y los que están alejados. Además, al competir con organismos como el BID, Banco del Sur minaría la importancia y la función supervisora de dichas instituciones, que por mucho tiempo han sido decisivas para el financiamiento de proyectos de desarrollo y han promovido la estabilidad macroeconómica en la región.
FUENTE: EIU

Mediante email, sugieren asesinar a mujeres que apoyan el aborto

La agrupación Católicas por el Derecho a Decidir (CDD) y la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) recibieron un correo electrónico en el que se amenaza a las mujeres que están a favor de la despenalización del aborto al llamarlas cínicas y pedir que sean asesinadas.
Dicho texto -que circula en la red- advierte de manera breve: "Las mujeres que apoyan la iniciativa para despenalizar el aborto (la cual se discute en la ALDF) esgrimen su perorata, entre otras, con una estupidez: 'Sí al aborto cuando afecte mi proyecto de vida'. Usando su misma pendeja excusa ¿porqué no mejor las matamos a ellas, ya que afectan el proyecto de vida del hijo o hija que esperan? No al aborto, mujeres cínicas".
Y agrega: "Una historia real cuenta que una muchacha adolescente que mata a sus padres, pide que no le den pena de muerte porque es huérfana. Las mujeres que piden abortar libremente sin ninguna consecuencia legal son igual de cínicas".
María Consuelo Mejía, directora de la ONG, indicó que estas amenazas "son resultado de la campaña de odio promovida por la jerarquía conservadora de la Iglesia católica", por lo que llamó a rencausar el debate hacia el respeto y la tolerancia.
En entrevista, la activista subrayó que dichas agresiones "son una expresión de que tienen la batalla perdida, por lo que recurren a la amenaza y la descalificación. Si en verdad sienten (los conservadores) que tienen la verdad en el bolsillo, por qué tendrían que hacer este tipo de acciones".
En torno a la afirmación del arzobispo primado de México, Norberto Rivera Carrera, en el sentido de que la Iglesia "es indestructible", la directora de CDD dijo que está fuera de lugar debido a que la iniciativa de agregar la afectación del proyecto de vida como una causal más para despenalizar el aborto, no atenta contra esa institución, "sino que se trata de un derecho para las mujeres de esta ciudad. Este, es un argumento de impotencia al ver que tienen la batalla perdida".
María Consuelo Mejía se dijo preocupada ante la amenaza, por lo que su agrupación ya analiza la posibilidad de llevar el caso ante la justicia. "Estamos averiguando, no tenemos la certeza de que (por una amenaza) a través de un correo electrónico se pueda tener una denuncia penal''.
Y agregó que debido a que dicho correo tiene un remitente del servidor de Yahoo, pondrán un reporte ante esta compañía "porque creo que estas acciones están prohibidas en la red".
Dijo que en un país democrático todos los debates son bienvenidos, además de que son respetables los pronunciamientos en contra de la despenalización del aborto; sin embargo, señaló que "es triste y lamentable que la Iglesia católica, que promueve la misericordia, el amor y la compasión como valores centrales, avale este tipo de cosas (las agresiones). Ha sido el lenguaje que ellos mismos han usado el que se usa en esta amenaza, eso de que es mejor matar a todas las mujeres que apoyamos la despenalización del aborto para que no afectemos el proyecto de vida de nuestros hijos".
Todo debate, afirmó, debe ser intenso, polémico y acalorado, "pero no puede convertirse en motivo de amenazas de ese tipo. (Ojalá) que haya en la jerarquía católica una reflexión y recapacitación en ese sentido y un llamado a sus seguidores para que no conviertan esto en una batalla de este tipo".
Mejía exhortó a los asambleístas a tomar su decisión con base en las evidencias científicas, las recomendaciones internacionales y los avances en política pública, y no en creencias religiosas ni de ellos ni de otros.

lunes, abril 9

Zongolica

Zongolica
josé gil olmos
México, D.F., 5 de abril (apro).- Zongolica es una de las zonas más pobres del país. Sus habitantes indígenas náhuatl carecen de lo indispensable. Pero desde 1994 son vigilados porque en las instituciones de inteligencia del gobierno federal sostienen que ahí hay células de guerrilla. Por eso el Ejército no deja el lugar, no obstante el rechazo que generan sobre todo después de la muerte de Ernestina Ascencio Rosario, una anciana de 73 años que antes de morir denuncio abuso de los soldados.La sierra de Zongolica casi nunca es visitada por los gobernantes de este país. Si tienen suerte, sus habitantes son objeto de una parada electoral de algún candidato a la Presidencia de la República que llega hasta ahí cada seis años sólo para prometer bienestar y progreso, algo que nunca llega.En 1994, Zongolica fue mencionado como uno de los lugares donde el EZLN tendría presencia. Así, antes de que llegara el bienestar prometido, lo que los indígenas pobres de esta zona recibieron fue la vigilancia militar.A pesar que desde hace 13 años se mantiene una estrecha vigilancia, el gobierno federal no ha logrado confirmar que la guerrilla zapatista o algún otro grupo tenga bases de apoyo. Pero eso no ha sido impedimento para que se mantengan tropas militares entre los montes de la Sierra Sur de Veracruz.En el municipio de Soledad Atzompa, región de Zongolica, vivía la anciana de 73 años Ernestina Ascencio Rosario. El 25 de febrero fue encontrada por sus familiares en muy mal estado, y ella le dijo en náhuatl a su hija que “los soldados se le vinieron encima”. Ernestina aún llego viva al hospital de Río Blanco, pero su estado había empeorado. El primer examen médico reporta que se descubrió agresión sexual en su cuerpo, además de fractura craneal, lesiones en las costillas, brazos y piernas. Además se registraron restos de semen en su cuerpo.Horas después la mujer murió y sólo hasta que se supo de las presuntas causas de su deceso en los medios es que Ernestina cobró importancia.El 28 de febrero la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) tomó el caso en sus manos, una vez que la Procuraduría de Justicia de Veracruz ya había realizado el examen médico forense confirmando la agresión sexual que había sido víctima. Pero al paso de los primeros días la CNDH y la Procuraduría de Justicia Militar exigieron la exhumación del cuerpo para comprobar la presunta violación de Ernestina por parte de un grupo de soldados. Para entonces la Secretaría de la Defensa Nacional ya había emitido dos comunicados importantes para el caso: en uno de ellos decía que “liquido seminal del cuerpo” había sido enviado a la PGR para que fuera examinado. El otro acusaba a un grupo de desconocidos haberse vestido de militares para cometer la violación y acusar al Ejército y de esta manera azuzar a la población para que exigiera su salida. Dicho boletín marcado con el numero 19 fue recogido ese mismo día por los mismos militares y sustituido por otro donde ya se había rasurado este párrafo.El 13 de marzo, el presidente Felipe Calderón hizo una declaración sin que mediara una pregunta. Al final de una entrevista con el diario La Jornada, aseguró que Ernestina no había sido violada y que su muerte había sido causada por una “gastritis crónica”.Cinco días después, el presidente de la CNDH, el defensor del pueblo, dijo algo similar, que la anciana indígena había muerto por “anemia aguda”. Es decir, por la hemorragia de sangre causada por una gastritis.La verdad oficial chocó de inmediato con la verdad popular. En Zongolica la gente ha comenzado a manifestarse contra el presidente Calderón, el Ejército y la CNDH. Si el gobierno federal quería mantener bajo control esta zona pobre de Veracruz, ahora será más difícil.Los indígenas sienten nuevamente la marginación, el desdén y el olvido al que han sido sometidos por siglos. El nuevo gobierno no les representa ningún cambio sino la continuidad de una política de exclusión y maltrato.Las contradicciones del gobierno estatal y federal, de la CNDH y del propio Ejército son más que evidentes a lo largo de la investigación y difícilmente podrán ser resueltas sin provocar más conflictos. Hoy el gobierno de Calderón y la CNDH quisieran enterrar para siempre a Ernestina, dejar en el olvido este asunto que sintetiza el maltrato que se le da al sector más olvidado del país: el pueblo indígena. Y lo hace en estos días en que precisamente llegará a México una representación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).No quieren que el caso de Ernestina suba al ámbito internacional porque golpearía la imagen del gobierno de Calderón de por sí puesta en tela de juicio por las irregularidades en las elecciones del 2006 y, al mismo tiempo, dejaría mal parado a Soberanes quien, al parecer, quiere mantener su carrera pero como ministro de la Suprema Corte de Justicia. Pero Ernestina, al parecer, se niega a quedar en el olvido y su caso cobra cada vez mayor relevancia en la opinión pública, pese a que su rostro no sale en televisión.

Vergüenza

Vergüenzajorge carrasco araizaga
México, D.F. (apro).- No es ninguna casualidad. En momentos en que en el país está en duda la credibilidad de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), desde Washington se difunde un vergonzoso informe que confirma la impunidad de quienes han violado los derechos humanos en el país.La organización no gubernamental Human Rights Watch (HRW), observadora de la situación de los derechos humanos en el mundo, emitió el pasado jueves 5 un informe internacional que demuestra el desprecio del Estado mexicano hacia las graves violaciones a las garantías individuales cometidas por algunos de sus integrantes, civiles y uniformados.Bastó una comparación básica de HRW para demostrar lo dicho por varios organismos defensores de derechos humanos en el país: que el Estado mexicano tiene el peor comportamiento en América Latina en la investigación y sanción de los abusos cometidos por los gobiernos de la región en la época de las llamadas “guerras sucias”.Mientras en Argentina, Chile y Uruguay los gobiernos que sucedieron a las dictaduras militares investigaron y encarcelaron a varios de los jefes castrenses, policiales y políticos responsables de torturas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones, secuestros y desapariciones por motivos políticos, en México la historia resultó muy distinta.HRW no dudó en calificar como “decepcionante” la actuación de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), pues no dio resultados concretos no sólo para sentenciar a los responsables de las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas entre los años sesenta y setenta, principalmente, sino para reparar a las víctimas de las actuaciones del Ejército, las policías o los cuerpos irregulares y paramilitares financiados y preparados por el Estado.Creada por Vicente Fox al arranque de su gobierno, más por obligación política que por compromiso con los derechos humanos, la fiscalía despareció con más pena que gloria, y sin ninguna señal de que el gobierno de Felipe Calderón pretenda retomar los muchos pendientes que dejó la oficina que estuvo a cargo de Ignacio Carrillo Prieto.El exfiscal, un retórico abogado que nunca había litigado, apenas y puede mencionar como logro el proceso judicial iniciado en contra del expresidente Luis Echeverría Álvarez. Pero ese caso podría quedar cerrado en definitiva en las próximas semanas si la justicia federal acaba por desestimar sus débiles argumentos sobre el genocidio en México.Solazado en el escándalo por la actuación contra Echeverría, Carrillo nada puede decir sobre el desempeño de la fiscalía en contra de miembros del Ejército, señalados como los principales violadores a los derechos humanos en estados como Guerrero durante el combate a la guerrilla en aquella época.El mensaje fue el de la impunidad. Ningún castigo, ninguna responsabilidad ni reparación. Ningún señalamiento oficial, protocolario, sobre la verdad de lo ocurrido y que cuestionara la actuación de los militares, no sólo en esa sureña entidad, sino en otras. Por su lado, José Luis Soberanes, presidente de la CNDH, se comporta de igual modo. Cuestionado de por sí por varias organizaciones de derechos humanos, el llamado ombudsman nacional tiene ahora al organismo metido en una crisis de credibilidad.Su actuación ante el deceso de la anciana indígena Ernestina Ascensio Rosario, en la sierra de Zongolica, en Veracruz, por una presunta violación cometida por militares, coloca al organismo como un apéndice del gobierno federal.Cada vez le resulta más difícil a la CNDH defender la línea trazada por el propio Calderón respecto de los motivos de la muerte de la anciana, y que sólo sirvió para enredar más las investigaciones.El michoacano tiene un motivo muy claro para deslindar al Ejército de esa muerte, pues se trata de su principal aliado político. Sin embargo, el interés de Soberanes es más oscuro. Si su razón de ser como personaje público es la defensa de la dignidad humana, su descalificación a los diagnósticos del gobierno de Veracruz y a los señalamientos de los familiares de Ernestina, no hacen más que abundar la justificada e histórica desconfianza hacia la actuación del Estado mexicano en la defensa de los derechos humanos de sus ciudadanos. (6 de abril de 2007)

La pobreza tiene cara índigena


La pobreza tiene cara índigena
Revista Contralínea
Decir pobreza extrema es sinónimo de comunidades indígenas: falta agua potable, drenaje y alcantarillado; carecen de viviendas con pisos firme y luz eléctrica; no hay servicios básicos de salud y educación. Sin embargo, el gobierno federal justifica esa marginación por la “difícil orografía” en la que se ubican los municipios y el elevado costo que representa llevarles los servicios.Desde su lujosa oficina ubicada en el séptimo piso de un edifico con vista a Paseo de la Reforma, en pleno centro de la capital del país, el subsecretario de Desarrollo Social, Gustavo Merino Juárez, dice combatir la pobreza extrema que padece “más de un millón de mexicanos”, aunque las cifras oficiales describen a 30 millones en pobreza extrema.Una sala de piel negra, escritorio de madera lustrosa, pisos con olor de alfombras nuevas, aparatos electrónicos, computadora, cuadros con pinturas caras y elegantes adornos son el escenario desde donde Merino Juárez habla de lo “costoso” que resulta llevar a las comunidades más miserables del país los servicios vitales como agua potable y drenaje, pues “sus características orográficas lo impiden”.“Los 100 municipios más pobres del país están en terreno montañoso. El problema son las distancias entre uno y otro. La posibilidad de llevar servicios es reducida porque es excesivamente caro, complicado de llegar; atiendes a núcleos poblacionales muy pequeños, eso es uno de los principales factores que ha afectado el nivel de desarrollo”, dice el funcionario.La dispersión y demografía que presentan estas localidades es otro factor en su contra. De los 100 municipios con mayor marginación en el país, suman 2 mil 300 comunidades con menos de 50 habitantes, ante lo cual el gobierno evade su responsabilidad de brindarles servicios básicos bajo el argumento de que los costos de inversión son muy altos para el poco número de personas que se beneficiarían.La subsecretaria de Innovación y Calidad de la Secretaría de Salud, Maki Esther Ortiz Domínguez, señala que la desnutrición, diarrea, deshidratación, neumonía, diabetes e hipertensión, enfermedades que en su mayoría son curables, siguen siendo las principales causas de muerte en las comunidades que viven en extrema pobreza. Municipios marginadosPor cuestiones administrativas, dos municipios oaxaqueños quedaron fuera de la estrategia antipobreza Cien por cien. San Martín Peras y San Bartolomé Ayautla no se verán beneficiados con las 100 acciones que pretende desarrollar el gobierno de Felipe Calderón en los 100 municipios más pobres del país. Acciones de salud, educación, vivienda, pisos firmes, agua potable, drenaje, electrificación, apoyo a proyectos productivos e incluso líneas telefónicas, son algunas de las gestiones que Felipe Calderón prometió llevar a cabo en los municipios a través de 14 secretarías de Estado.El listado de los municipios más pobres fue tomado del estudio que diera a conocer la O­NU sobre el Índice de Desarrollo Humano en México, en donde se afirma que el municipio de San Martín Peras en el número 14 de marginación y San Bartolomé Ayautla se encuentra en el número 46, aunque las diferencias entre ambos son mínimas. En la lista de municipios pobres de la Secretaría de Desarrollo Social no están los dos municipios oaxaqueños que la o­nU clasificada como extrema pobreza. La explicación que tienen las autoridades federales de esa omisión, es que ambos municipios quedaron fuera de la relación debido a que “les faltó el dato estadístico del ingreso familiar”.El subsecretario Merino Juárez afirma que “no quedó ningún municipio fuera que esté en la lista de la o­nU”, y justifica que es por una cuestión de metodología que no pueden entrar todos los municipios que se quisiera. El diputado perredista Carlos Altamirano Toledo, oriundo de Oaxaca, califica de golpe mediático la estrategia que dio a conocer Calderón en enero pasado, y sostiene que el presidente está utilizando como mera publicidad el proyecto del “Cien por cien”, ya que simplemente armó un paquete con lo que ya trabajan varias secretarías. Miguel Ángel Peña Sánchez, secretario de la Comisión de Desarrollo Social de la Cámara de Diputados, manifiesta que la estrategia “Cien por cien” no deja de ser un programa inmediatista y asistencialista. “No hay alguna estrategia para que la gente pueda desarrollar un proyecto que le permita no depender de esos programas siempre, sino de utilizar los recursos naturales de su entorno, su capacidad, su fuerza de trabajo para generar los recursos en base a su esfuerzo”. Pablo Leopoldo Arreola Ortega, diputado del Partido del Trabajo, y también secretario de la Comisión de Desarrollo Social, menciona que este programa es nada más una buena intención. Agrega que la estrategia no va a tener los resultados esperados, ya que no se plantean acciones contundentes a mediano y largo plazos para resolver el problema de la pobreza.Pobreza: causa y efecto de enfermedadesLa subsecretaria Ortiz Domínguez sostiene que a pesar de esta situación de enfermedades curables que se han convertido en índices de mortandad, “no es sustentable el tener un centro de salud para comunidades de 200 o 300 personas”. En varias localidades que existen una casa o un centro de salud, el abandono en el que se encuentran es notable. En algunos casos, sólo se encuentra la infraestructura abandonada, sin médico ni medicinas. En otros, no tienen los médicos lo necesario para hacer frente a las enfermedades que padecen los pobladores del lugar.A decir de Ortiz Domínguez, la pobreza puede convertirse en causa y efecto en el tema de la salud, y es que las condiciones de precariedad en las que sobreviven miles de mexicanos provoca un sin número de enfermedades tanto contagiosas como crónico degenerativas. Al momento de que ya padecen una enfermedad las personas que viven en pobreza extrema, éstas terminan vendiendo lo poco que tienen para pagar los gastos de atención médica, lo que se le conoce como gasto catastrófico, dice la funcionaria de Salud.Pero agrega que gracias al Seguro Popular se ha podido atender a un número mayor de personas que padecen pobreza en el país y que no cuentan con los medios económicos para pagar los servicios de un médico o las medicinas. Para poder acceder a los servicios de salud, los pobladores de las regiones más apartadas de la cabecera municipal tienen que viajar durante horas por caminos agrestes para que sean atendidos por algún especialista, ya que en muchas comunidades no existe un centro o una casa de salud, y el viaje resulta costoso para los familiares del enfermo (Contralinea 75), y este gasto no lo cubre el Seguro Popular.Un paliativo las caravanas de SaludEn enero pasado se dio el banderazo de salida a las caravanas de salud, las cuales tienen como fin el visitar a los 100 municipios más pobres del país y sus 5 mil 500 comunidades. Con un presupuesto de 500 millones de pesos para el 2007, se pretenden rehabilitar 2 mil unidades que se encuentran en los estados y comprar 368 autotransportes nuevos.No obstante, el gobierno federal no aclaró que la dignificación de estas 2 mil unidades y la adquisición de otras 368, se realizará a lo largo del sexenio calderonista. En tanto, la unidades en funcionamiento serán “las más que se puedan y las que el presupuesto permita equipar”.La subsecretaria culpa a las condiciones orográficas y geográficas difíciles que imperan en México, de que los servicios básicos de salud no lleguen a las localidades más apartadas. Y agrega que esas caravanas no podrán llegar al 100 por ciento de las comunidades debido a las condiciones de inaccesibilidad en las que se encuentran muchas de ellas. Así que los pobladores tienen que bajar hasta donde llegue el trailer para recibir los servicios básicos de salud. Ortiz Domínguez comenta que las caravanas acudirán a los municipios y comunidades dos veces al mes para atender las necesidades de salud de sus habitantes, revisarlos y darles el medicamento correspondiente o, en su caso, “entregarles un vale para que lo cambien en la farmacia más cercana”.Los funcionarios públicos que idearon la estrategia para solucionar el problema que vive México de desbasto de medicinas en los servicios públicos de salud, dejaron en el olvido la realidad que viven miles de mexicanos. Hay municipios que no cuentan con una sola farmacia, y para llegar a la “farmacia más cercana” les significa un viaje de hasta 9 horas.Publicado: Revista Contralínea Abril 1ª quincena de 2007 Año 5 No. 76

El aborto y la Iglesia católica en América Latina


El aborto y la Iglesia católica en América Latina
Marcos Roitman
La Jornada
Los argumentos que esgrime la Iglesia para negar el derecho al aborto responden a los mandamientos de Dios. La vida es un don otorgado por su naturaleza todopoderosa. Sea en las condiciones que sean los mortales no pueden contravenir su voluntad. Podemos vivir en pecado: mentir, asesinar, desear a la mujer del prójimo y hasta violar con tal de expiar las culpas. Para evitar los excesos la Iglesia crea entidades como la Inquisición. Así, redimió a herejes como Galileo y quemó a otros como Giordano Bruno. Pero también es pragmática y para dominar el mundo impone a sus fieles la práctica de la confesión. De esta manera abre la puerta a una técnica de control sobre las vidas, adentrándose en los secretos, miedos y angustias de las gentes, tanto como en sus ruindades sexuales y morales, y no menos importante, el valor de sus dotes.
Así, la institución eclesiástica amasa su actual fortuna gracias a los testamentos para salvar el alma impura. Sin embargo, cuando se trata del aborto, las contemplaciones se acaban. Si cualquier otro pecado es consentido, en este caso la decisión personal y autónoma de la mujer se contrapone con imágenes de un asesinato, cuya imagen se asocia a la de una sociedad que camina inevitablemente a su propia destrucción, sin un horizonte moral que ilumine su camino. Sodoma y Gomorra emergen bajo formulas novedosas.
El aborto incuba un materialismo de nuevo cuño: el casamiento homosexual, parejas de gays y lesbianas, y la virginidad deja de ser un argumento para una juventud pervertida por las mieles del sexo fácil. La Iglesia no puede imponer su doctrina. Tiene que recurrir a nuevos métodos de comunicación. Ahora no basta con el viejo argumento: hijos, los que nos dé el Señor y dentro del matrimonio. Si son siete o 10, ellos serán criados unas veces con holgura y otras con escasez, pero siempre con la fe de Cristo. El vientre materno incuba la simiente que Dios entregó para extender su verdad en el planeta. Otro conocimiento es superfluo. Si caímos en el pecado, y la mujer fue su inductora, lo hizo por darnos a comer del fruto prohibido del conocimiento. Pero esta razón ya no es suficiente, resulta poco convincente, por lo menos, a la mayoría de los mortales. Ahora la crítica a los pro-aborto se acompaña, desde fines del siglo XX, con argumentos seudo-científicos. Siempre que interesa, se utiliza a preminentes biólogos, neurólogos, curas, monjas, seglares o católicos reaccionarios que apoyan las tesis provenientes del papado de Roma. Ahora se verifica que la vida inicia en el instante mismo de la fecundación. Es decir, cuando el espermatozoide y el óvulo se encuentran.
Todo un avance para los incrédulos, cuando dicho principio ha causado miles de excomuniones. ¿En qué quedamos, teoría creacionista, arca de Noé, o teoría de la evolución de las especies y Darwin? Así, no hay quien se aclare.
Si el aborto es un pecado a los ojos de la ley de Dios, deben sufrir castigo divino quienes profesen su fe, pero en ningún caso la Iglesia debe sobrepasar la línea que separa su moral y generalizarla al conjunto de la sociedad y la constitución civil, no pueden imponerla. La Iglesia católica en América Latina ha sido permisiva, y lo sigue siendo, en el aborto cuando se trata de sus religiosas. Aquí nadie queda libre y afecta por igual a toda la estructura jerárquica: sacerdotes, obispos o cardenales, e incorpora a miembros de las órdenes dominicas, franciscanas, jesuitas, trapenses, Opus Dei, etcétera. En definitiva, el aborto dentro de la Iglesia existe porque el sexo también se practica.
Sin embargo, esta vara de medir -la crítica a la ley del aborto- no ha tenido el mismo baremo cuando se trata de otros pecados. Durante las tiranías la Iglesia, en tanto institución, avaló y facilitó la presencia de sacerdotes militares, capellanes en las sesiones de tortura, y se apoyaron en ellos para lograr confesiones que delataran a militantes. Tampoco tuvieron reparos en apoyar a las juntas militares ni en avalar la violación de mujeres, el robo de bebés y los bautizaron como hijos legítimos de asesinos y torturadores. Misma Iglesia católica, que desde Roma evitó la condena de los asesinos -hasta convertirse en cómplice de crímenes de lesa humanidad-, cuando los muertos eran sacerdotes díscolos como Guido Mengual o Antonio Llido en Chile; monseñor Arnulfo Romero, Ellacuría, Montes o Ignacio Martín Baró en El Salvador. Así, sus autores materiales e intelectuales, católicos practicantes, fueron absueltos, no sufrieron el castigo de la excomunión ni reprimenda. A sabiendas de quienes eran siguieron en sus puestos y practicando misa. El Vaticano consintió dicha práctica y el silencio gritó a voces su conformidad. Cuán distinta la actitud con Ernesto Cardenal en Nicaragua, o con teólogos de la liberación como Gustavo Gutiérrez en Perú o Leonardo Boff o Frei Betto en Brasil. En estos casos los sacerdotes han sido vilipendiados y públicamente desacreditados, obligándolos a guardar silencio.
Si fuese el siglo XVIII, seguramente Ratzinger, hoy Benedicto XVI, les hubiese llevado a la hoguera por herejes. La diferencia pone en evidencia la hipocresía de la Iglesia católica, su moral retorcida. En el caso del aborto, no le interesa la salud de la mujer. La Iglesia sólo busca mantener su poder, por ello le resulta fácil condenar el aborto en abstracto y besar la mano a tantos presidentes constitucionales y católicos practicantes como lo han sido Fox en México, Menem en Argentina, Sanguinetti en Uruguay, o lo son Uribe en Colombia y hoy Calderón. O antiguos tiranos como Pinochet en Chile, Videla y Galtieri en Argentina, Stroessner en Paraguay o Banzer en Bolivia.
El aborto sólo se puede entender si comprendemos la violencia de género: violación, pederastia, el embarazo no deseado, la posibilidad de muerte para la madre, las dificultades de existencia del feto, todo lo que suponga una pérdida de la condición humana y la dignidad de la persona. Pero dicho planteamiento no está dentro de la Iglesia católica, la misericordia dejó de ser parte de los postulados de la Iglesia hace ya mucho tiempo.
Las causas para interrumpir el embarazo son múltiples, pero sin dudarlo, las mujeres que adoptan la decisión lo hacen fruto de una maduración traumática. Sin embargo, la Iglesia quiere someter a juicio divino una decisión del orden político. Así, interfiere en el marco legal y administrativo introduciendo juicios inmorales y poco éticos al derecho positivo. La separación entre Iglesia y Estado tiene una larga data, perder su control sobre las vidas terrenales es su lucha, por eso utiliza cualquier medio, aunque este sea espurio. Dios les pille confesados.

El ataque a Ernestina Ascención, posible "mensaje de escarmiento": autoridades


Soledad Atzompa, Ver., 8 de abril. El 2 de febrero, tres semanas antes de la agresión física que mató a la anciana Ernestina Ascención Rosario cuando pastoreaba sus ovejas en la comunidad de Tetlatzinga, el jefe militar del cuartel de Orizaba, teniente coronel Alejandro de Jesús Orozco, recibió una queja "por mal comportamiento" de sus soldados por parte del agente municipal de la comunidad de Mexcala, Modesto Antonio Cruz.
El presidente Felipe Calderón y el secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván Galván, también debían haber estado enterados de este antecedente, pues el oficio presentado por las autoridades municipales de Soledad Atzompa tenía copia para ambos.
El presidente municipal Javier Pérez Pascuala no descarta que el ataque a la señora Ernestina Ascención, de 72 años, estuviera relacionado con la irritación de algunos oficiales por ese documento. "Creo que la queja que presentamos sí está relacionada con la agresión a nuestra hermana mayor Ernestina. Sí pudo haber sido una represalia, sí pudo ser un mensaje de escarmiento".
Considera que los hechos tendrán graves consecuencias en la forzada convivencia entre los soldados y los indígenas de las comunidades serranas.
"La gente aquí ya está viendo que va a haber impunidad. Cuando vuelvan los soldados la población va a tener más miedo. El temor es que cualquier incidente pueda desencadenar un conflicto mayor."
Para Modesto, campesino que hace honor a su nombre con su camisa raída y sus viejos huaraches, el enésimo incidente provocado por los soldados en su comunidad -robo de leña, abuso de autoridad y faltas de respeto a los pobladores- fue la gota que derramó el vaso. Y no le importó ser, como agente municipal, el último escalón dentro de las estructuras de gobierno local para querer poner un alto a los excesos.
"Siempre pasa, desde hace años", explica Modesto a La Jornada. "Abusan y no respetan. Llegan a nuestras tiendecitas, que de por sí casi no tienen nada, piden refresco, piden comida y no pagan. Toman la leña de la gente sin pedirla. Se instalan en sus propiedades y ni siquiera piden permiso. Por temor, desde hace tiempo que muchas familias ya no mandan a sus hijas a la escuela, porque las chamacas tienen que caminar lejos, solas por las veredas. Con los soldados no se sabe".
No es habitual que en pueblos como éstos las violaciones y hostigamientos a las mujeres se denuncien. Son historias que se cuentan por lo bajo. Si hay víctimas, éstas prefieren el silencio para no ser estigmatizadas.
Pero lo que decidió al agente Modesto a presentar su queja por escrito fue la respuesta que recibió del cabo de infantería Edwin Martínez ante su reclamo. "Nosotros venimos con instrucciones superiores y aquí hacemos como queremos", le dijo.
"¿Quién es el confundido?"
Convocado como mediador, el alcalde Pérez Pascuala intentó hacer valer la palabra de la autoridad municipal y en respuesta, a él "también lo maltrataron".
Le contestaron que "estaba confundido, que tenía que entender que una autoridad federal siempre iba a estar por encima de la municipal". El alcalde respondió: "¿Quién es el confundido? Porque yo no estoy enterado que haya sido derogada la Ley Orgánica del Municipio Libre. Me parece que el confundido es usted". Y, según consta en el oficio, el militar interpelado "sólo nos miró con desprecio" y dio por concluida la discusión. Entonces, para aclarar el punto, las autoridades municipales resolvieron llevar sus siempre infructuosas quejas orales al papel. Así, por primera vez, los reclamos sin respuesta se plasmaron en un oficio con todas las firmas y sellos de rigor.
Nunca habían presentado un escrito así, a pesar de que el "mal comportamiento" de los militares venía de mucho tiempo atrás; desde que, a mediados de los años noventa, empezaron los patrullajes de supuestos operativos contrainsurgentes y contra el narcotráfico.
El presidente municipal niega que la población de Zongolica se oponga a la presencia del Ejército. Justamente eso fue lo que reiteró cuando habló con el secretario Galván el pasado 8 de marzo durante la audiencia con legisladores perredistas -Javier González Garza, Carlos Navarrete, Guadalupe Acosta, Patricia Martínez, Juan Carlos Mezhua y Norberto Carrasco- en Lomas de Sotelo.
"Le expuse que entre nosotros no hay oposición a la presencia del Ejército. Tienen el paso libre, pero se les pide que no pisoteen el derecho de la gente."
Con esta afirmación, las autoridades de Soledad Atzompa rectifican las duras palabras que dirigieron el primero de marzo a Calderón en una carta en la que expresaban: "La institución castrense hasta ahora no nos ha servido; por el contrario, sólo nos ha agredido, atentando contra nuestra integridad física y dignidad como personas, como humanos. Por eso demandamos y emplazamos al Ejército para que de inmediato salga de nuestro territorio y no vuelva jamás".
Los sucesos del 25 y el 27 de febrero, después del ataque y la muerte de la señora Ascensión, pudieron haberse desbordado. La misma noche del domingo la noticia se regó como pólvora en el escarpado caserío de Tetlatzinga. "¡Que los soldados violaron a la Ernestina!" Al anochecer miles de hombres se habían congregado frente a la presidencia municipal en la cabecera, bloqueando la carretera que baja al valle de Orizaba y cerrando el paso de un convoy militar que intentaba salir de la zona.
Era una patrulla donde viajaba el capitán José Soberanes y cuatro soldados rasos que iban de civil. La gente sospechaba que eran los culpables. El capitán persuadió al alcalde para que le cedieran el paso con el argumento, que resultó falso, de que los llevaba "arrestados".
Al día siguiente eran cerca de 6 mil los que se congregaron en una hondonada de Tetlatzinga, dispuestos a avanzar los 500 metros que los separaban del campamento militar, donde se habían atrincherado los 120 soldados del campamento, todos armados. Esa fue la escena que encontró el gobernador Fidel Herrera cuando su helicóptero descendió en el poblado para apaciguar los ánimos encendidos.
"Mi pueblo -afirma Pérez Pascuala- es muy sabio a pesar de no tener educación. Ese día demostramos que somos prudentes, que estamos dispuestos a canalizar nuestro coraje por la vía de diálogo y la exigencia de justicia."
El alcalde es un luchador social con un largo camino andado. "Mucho antes del zapatismo", cuenta, "desde mediados de los ochenta, empezamos a defender nuestros territorios y nuestros derechos".
Fue dirigente del Centro Promotor de Justicia. Azompa es uno de los cinco municipios perredistas de la sierra. Pero en las 22 jurisdicciones -cinco del sol azteca, tres de los más poblados panistas y el resto priístas- se participa unitariamente en las agrupaciones productivas y de gestión, donde tienen presencia la Organización Indígena Náhuatl de la Sierra de Zongolica, la Coordinadora Regional de Organizaciones Indígenas de la Sierra de Zongolica y la Organización Campesina Indígena de la Sierra de Zongolica. Incluso la Unión de Todos los Pueblos Pobres (TINAM, por sus siglas en náhuatl) mantiene su trabajo en la zona.
El arresto de la veracruzana Gloria Arenas, fundadora del TINAM en los años ochenta y posteriormente dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente en Guerrero en 1999 (actualmente sentenciada a 50 años de prisión), alimentó versiones que datan de 1996 sobre supuestas "ligas" de las agrupaciones de Zongolica con grupos armados, lo mismo que el arresto, el año pasado, de los hermanos Gerardo y Jorge Txompaxtle, presuntamente vinculados con el Ejército Popular Revolucionario.
Esta semana, a raíz de la muerte de Ernestina Ascención, la presunta vinculación del Ejército con los hechos, el reclamo de justicia y la fricción entre los gobiernos estatal y federal, un anónimo que fue distribuido a la prensa veracruzana señala los líderes de la Zongolica -Pérez Pascuala, René Huertas, Maurilio Xocua y Julio Atenco- como miembros "de una organización violenta y oscura" y con relaciones con la guerrilla.
"Falso -responde el alcalde-; nosotros siempre hemos dado la cara desde nuestras organizaciones, que son legales".

Nuevo tortillazo en mayo, cuando termine el pacto gobierno-empresarios, prevén

Además de no lograr que la tortilla se vendiera a un precio máximo de 8.50 pesos por kilo en todo el país, el Pacto de la Tortilla, suscrito por el gobierno federal con un grupo de empresarios y organizaciones productoras, comercializadoras e industrializadoras de maíz blanco, tampoco resolvió los problemas del sector que dieron origen al alza del alimento en enero pasado.
En cambio, las autoridades liberaron un inusual subsidio millonario para las grandes empresas de la cadena maíz-tortilla (a las que se ha señalado como responsables de haber acaparado el grano en enero y provocar el alza de la tortilla), para que compren la cosecha de Sinaloa, en lugar de crear una reserva de medio millón de toneladas de maíz.
Así que una vez que concluya el acuerdo el 30 de abril, la historia del tortillazo de enero puede volver a repetirse con una nueva alza del precio de la tortilla, advirtió Víctor Suárez Carrera, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productos del Campo (ANEC), que desde la semana pasada vende el alimento a 7 pesos el kilo en zonas marginas del Distrito Federal.
Los subsidios federales, explicó, siempre se han destinado a los pequeños y medianos productores agrícolas. Por ejemplo, los de Sinaloa recibieron 250 millones de pesos. Pero ahora el gobierno calderonista, violando leyes y reglamentos, ''está desviando más de mil 500 millones pesos de los recursos públicos, a través de Sagarpa y Aserca, a unas diez grandes empresas compradoras de maíz, tanto procesadoras de harina como comercializadoras o las del ramo pecuario''.
Lo peor es que además de fortalecer a las compañías más grandes en el sector agroalimentario, no se les pone ningún candado en el subsidio, destinado a los fletes o transportación, ''ni las condiciona a que se comprometan a bajar los precios de sus productos''.
Aumentos a partir de mayo
''Es claro que los factores que desencadenaron el aumento en el precio de la tortilla y de otros alimentos de la canasta básica no se han desmontado; el pacto fue sólo una medida cosmética y mediática de las autoridades. Los impactos a los alimentos siguen y habrá más presión a partir del primero de mayo, no obstante que la cosecha de maíz de Sinaloa es muy buena'', dijo el dirigente al evaluar los resultados del acuerdo.
Incluso recordó que el Consejo Nacional Agropecuario (CNA) ha insistido en que habrá aumentos de entre 15 y 25 por ciento en los precios del huevo, pollo, carne y todos los productos generados en el sector pecuario, pese a que la Secretaría de Economía autorizó el aumento en las importaciones de maíz amarillo.
Si bien aclaró que el incremento en el precio de la tortilla no sería tan grande como el ocurrido a principios de año, calculó que por lo menos será de entre 50 centavos y un peso por kilogramo, respecto al precio de 8.50 fijado en el pacto, para que el precio de la tortilla se generalice a 9 y 10 pesos a partir de mayo, aunque en muchas regiones del país así se vende.
Consideró que las grandes empresas agroalimentarias ''están en un proceso de chantaje extremo ante las autoridades'' porque, principalmente las harineras, sintieron que perdieron mucho con el pacto. Así, amenazan con subir los precios si no reciben subsidios, lo que generaría conflictos para el gobierno y un incremento de la inflación. Sin embargo, en la realidad no hay motivo para más aumentos porque hay suficiente maíz para el consumo interno, debido a que la cosecha de Sinaloa resultó muy buena y se han incrementado las importaciones del grano.
El gobierno, dijo, podría plantear la extensión del pacto pero con alcances limitados, como hasta ahora, pues aunque los supermercados vendan barata la tortilla y su inclusión en los monitoreos oficiales ayude a las autoridades a sostener que el precio del alimento va a la baja, lo que llegan a vender significa menos de 5 por ciento de lo que se comercializa en todo el país.
Prueba de que el alza en el precio de la tortilla ha sido por acaparamiento, abundó, es que 60 mil productores, comercializadores e industriales de maíz de la ANEC se comprometieron desde la semana pasada y hasta diciembre a vender diariamente 10 mil kilos de tortilla a un precio fijo de siete pesos en zonas marginadas del Distrito Federal.
Suárez Carrera aseguró que el programa puede extenderse a otras entidades del país, principalmente del norte y sur, donde la tortilla se comercializa en 10 pesos, como revelan los monitoreos de Profeco, sin que represente pérdidas para los productores porque los costos se abaratan con la eliminación de intermediarios.

Afloran las mentiras del Seguro Popular

El Seguro Popular (SP) no podrá cumplir con el objetivo de proporcionar la atención médica para enfermedades de más alto costo, como insuficiencia renal, cáncer y trasplantes -como ofreció el gobierno de Vicente Fox-, porque "es imposible, no somos magos". El dinero es insuficiente y ningún país del mundo lo hace, afirmó el secretario de Salud, José Angel Córdova Villalobos.
Así, la cobertura de éste, que fue el principal programa de salud del pasado sexenio, en el que se ofreció terminar con la inequidad en el acceso a los servicios médicos, ha sido acotada por la administración calderonista.
La mejor evidencia es la exclusión de la insuficiencia renal, padecimiento que en febrero de 2006 había sido incorporado al conjunto de enfermedades cubiertas por el Fondo de Protección Contra Gastos Catastróficos (FPCGC), bolsa de recursos con la que se pagarían los tratamientos complejos y de alto costo. Los pacientes que puedan hacerlo tendrán que seguir pagando sus tratamientos de diálisis.
El secretario advirtió, inclusive, que existe el riesgo de que en algún momento los recursos tampoco alcancen para garantizar el acceso universal a los medicamentos para el control del VIH-sida. La capacidad de respuesta dependerá del costo de los fármacos y del número de pacientes. "Ojalá no les fallemos nunca", dijo.
Córdova señaló, en entrevista a propósito del informe de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) del pasado 30 de marzo, que este organismo "tiene razón", el FPCGC no alcanzará para cubrir todas las enfermedades de la población, por el costo de la atención y de los medicamentos.
-Dice la ASF que no se han cumplido ni se cumplirán las metas de afiliación del SP.
-Las metas se calcularon con base en las previsiones demográficas para 2010 del Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática y el Consejo Nacional de Población. Así se estableció afiliar a 1.7 millones de familias por año, pero la información estadística no garantiza el comportamiento de la población, por lo que las previsiones y metas se actualizan.
-¿Cuántas familias se afiliarán para 2010?
-Con base en las proyecciones de ahora, 12.9 millones de familias. Al 31 de diciembre de 2006 se habían incorporado 5 millones 100 mil.
-La ASF dice que en 2010 habrá 14.4 millones de familias sin seguridad social
-Eso es la teoría. El SP es voluntario, pero en cualquier caso, al final, el seguro atenderá a 80-85 por ciento de la población. Siempre habrá, como en cualquier parte del mundo, 15 por ciento que le no interesará afiliarse a los servicios públicos de salud. Significa que en 2012 serían 14 millones en el SP si todos se afiliaran. Pero hay profesionistas, por ejemplo, sin Instituto Mexicano del Seguro Social ni Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, que tampoco van a solicitar su afiliación, se van a los servicios privados. El reto es lograr que esas familias con niveles de ingreso medio o alto, quieran afiliarse al SP, pero no las podemos obligar.
-¿Cuántas familias pobres faltan por afiliarse al SP?
-De los beneficiarios de Oportunidades, que están exentos de pago, son 3.7 millones. En el seguro ya están 2.1 millones. Hasta ahora, 95 por ciento de los afiliados están en el régimen no contributivo, y cuando se inscriban todas las familias, puede ser que 80 por ciento estén en este mismo rango.
-Dice la ASF que los recursos del FPCGC serán insuficientes para atender las enfermedades de alto costo
-Tiene toda la razón, pero nunca se dijo que se cubrirían todas las enfermedades.
-Sí se dijo -se le replica al secretario.
-No, porque es imposible. Ni los países más desarrollados lo pueden hacer. Aquí por ejemplo, se intentó cubrir insuficiencia renal, pero cuando se hizo el estudio actuarial, se vio que en dos años se acabaría el dinero.
-¿Ya no se va a cubrir la insuficiencia renal?
-Quizá más adelante. Ahora vamos a restructurar lo que se está invirtiendo del fondo para determinar cuáles son las intervenciones de bajo costo y altamente efectivas. Además, se fortalecerá la prevención, porque ocurre que en México, 20 por ciento de los diabéticos tiene un control adecuado, mientras 80 por ciento está evolucionando hacia las complicaciones. Si no le apostamos a prevenir, no vamos a alcanzar y tampoco vamos a engañar a nadie. Es cierto, el fondo de protección tendría que llegar a los 226 millones de pesos para atender todo, pero no se tienen.
-¿Ni se tendrán para 2010?
-No todo, y queremos crecer en el número de enfermedades cubiertas, pero no podemos decir que vamos a abarcar todo. Es imposible con el costo actual de la atención y los medicamentos. Ahora tenemos 255 intervenciones, equivalentes a 85 por ciento de los padecimientos más frecuentes. Aspiramos a crecer a 90-92 por ciento en 2010 o 2012, pero habrá siempre un 8 por ciento, de lo más caro, que no se podrá cubrir.
-¿Cómo qué?
-Cáncer, trasplantes de órganos, insuficiencia renal y algunas otras enfermedades cuyo tratamiento también es caro. En cambio, tenemos cobertura universal en vacunación. Estamos dando prioridad a la prevención, pero sí para muchas cosas de atención en ninguna parte del mundo les alcanza.
-Entonces no habrá sistema universal de salud ni atención integral que se suponía iba a ofrecer el SP.
-Universal sí, porque se ofrece a todos. La cobertura...
-Será limitada.
-Cobertura casi total. Eso pasa. No somos magos.
-¿No se sabía esto desde el principio? ¿Cómo es que entró la insuficiencia renal al fondo de gastos catastróficos?
-Sí, pero a la hora que se hicieron los cálculos...
-¿Primero se anunció y luego se calculó?
-Bueno, sí se hizo, se estuvieron cubriendo en dos o tres estados, pero a la hora que se vieron los gastos nos dimos cuenta que no alcanzaría.
-¿Cuánto se gastaría?
-Cada paciente con insuficiencia renal y en diálisis peritoneal ambulatoria cuesta entre 120 mil y 170 mil pesos anuales, sin contar complicaciones ni hospitalizaciones. Es sólo la diálisis todos los días en las noches, con tres bolsas de dos litros. Son miles de pacientes y no se puede. Ahora se les atiende, pero tienen que aportar. Si están en el SP no se les cobra hospitalización, pero tienen que pagar los líquidos de diálisis y el catéter. Se atienden en lo que se puede.
-Habían dicho que también se incorporarían los trasplantes al FPCGC.
-Sí, es otro de los que se tendría que dar, estaba para entrar, pero tenemos que ser objetivos y realistas, tampoco se puede decir que se va a dar todo para todos. Sería una mentira. Lo que sí se da todo es para los bebés, en el Seguro Médico para una Nueva Generación.
-¿Hay alguna otra enfermedad que haya salido del fondo de gastos catastróficos?
-Nada más insuficiencia renal. En cataratas no hemos avanzado con la velocidad que hubiéramos querido, porque no todas las unidades estaban listas para dar la atención. Tenemos los recursos y los vamos a atender a todos.
-¿Existe la posibilidad de que en algún momento se dejen de dar medicamentos para el VIH-sida?
-Evidentemente hay riesgo y la capacidad de respuesta depende del costo de los medicamentos y del número de pacientes que tengamos. Ojalá no les fallemos.

domingo, abril 8

Jesús socialista


Jesús socialista
Luís Britto García
Rebelión
Jesús obrero y comunitarioJesús es carpintero, como su padre. En ninguna fuente consta que fuera propietario, ni comerciante, ni patrono, ni que contratara a otros para beneficiarse con su trabajo. Durante su prédica, Jesús y sus apóstoles vivieron de la caridad, ingreso que consideraban patrimonio común del colectivo.Jesús solidarioSegún san Juan, Jesús realiza su primer milagro durante las bodas de Caná, donde convierte el agua en vino y lo dona (Juan 2, 1-21). Luego multiplica los panes y los peces, según refiere Mateo (14,1221) y los regala. Una segunda vez multiplica los alimentos, y de nuevo los reparte igualitariamente (Mateo 15, 32-30). Jesús predice que el Hijo del hombre apostrofará a los egoístas y avaros así: "Apartaos de mi, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me alojasteis; estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis (...). E irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna" (Mateo 25, 31-46). No basta con la solidaridad espiritual: debe practicarse la activa y real: "Pues el que os diere un vaso de agua en razón de discípulos de Cristo, os digo en verdad que no perderá su recompensa" (Marcos 9,41, y Mateo 18, 6-9). Y consta en Lucas, 11,9-13, otra reprobación contra quienes se niegan a compartir: "¿Qué padre entre vosotros, si el hijo le pide un pan, le dará una piedra? ¿o si le pide un pez, le dará en vez del pez, una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?"Jesús enemigo de la acumulaciónJesús condenó la posesión y la acumulación: "No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el oro los corroen, y donde los ladrones horadan y roen. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen y donde los ladrones no horadan ni roban. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón" (Mateo 6, 19-20). También despreció las riquezas: "Mirad como las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta" (Mateo 6, 25-26). Y sobre la acumulación de posesiones fulmina: "¿Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma?" (Mateo 16, 26; Marcos, 8, 36, y Lucas 9,25-27).Jesús enemigo de la usuraContra el préstamo a interés, clama Jesús: "Pero amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperanza de remuneración, y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bondadoso para con los ingratos y los malos" (Lucas 6, 35, Mateo 4, 38-48). También condena repetidamente la usura: "Mirad de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho, no está la vida en la hacienda" (Lucas, 12, 13-15). Y reprueba al rico que atesora grano y bienes: "Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿Para quién será? Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios" (Lucas, 22,19-21).Jesús enemigo de los ricosUn joven pregunta qué debe hacer para seguirlo, y contesta Jesús: "una sola cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, sígueme" (Marcos. 10, 20-22). Además añade: "En verdad os digo: que difícilmente entra un rico en el reino de los cielos. De nuevo os digo: es más difícil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos"(Mateo 19,16-26, Lucas 18, 18-27).Jesús azote de mercaderesMarcos narra que "llegaron a Jerusalén, y entrando en el templo se puso a expulsar a los que allí vendían y compraban, y derribó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas; no permitía que nadie trasportase fardo alguno por el templo, y los enseñaba y decía: ¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todas las gentes? Pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones" (Marcos 11,1519; Mateo 21,12-13; Lucas 19, 45-49).Jesús igualitarioJesús desdeña jerarquías o privilegios: "Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos." (Marcos 9, 33-37; Mateo 18,1-5 y Lucas 9-46-48). A los hijos de Zebedeo, que piden estar a su diestra y su izquierda, dice "No ha de ser así entre vosotros, antes si alguno de vosotros quiere ser grande, sea vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos (...)" (Marcos 10, 35-45, y Mateo 20, 20-28). Como prédica igualitaria, lava los pies a sus discípulos antes de la última cena, y explica: "Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho" (Juan, 13, 1-20).Jesús vendido por dineroPor despreciar el dinero, Jesús es vendido por dinero: "Entonces se fue uno de los doce, llamado Judas Iscariote, a los príncipes de los sacerdotes; y le dijo: ¿Qué me dais y os le entrego? Se convinieron en treinta piezas de plata, y desde entonces buscaba ocasión para entregarle" (Mateo, 26, 14-16; Marcos 14,10-11 y Lucas 22, 3-6).Jesús predica con los actosAl despedirse de los discípulos, resume: "En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, ése hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas, porque yo voy al Padre" (Juan 14,13). ¿Y cuáles son las obras de los primeros cristianos? Según los Hechos de los Apóstoles, 4, 32-36: "La muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola, y ninguno tenía por propia cosa alguna, antes todo lo tenían en común. (...) No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido, y lo depositaban a los pies de los apóstoles y a cada uno se le repartía según su necesidad". En el cielo no hay dinero ni ricos. No sé si el socialismo se parece al cielo, pero el cielo se parece al socialismo, según lo pintan.- Luís Britto García, escritor venezolano, dramaturgo, historiador y profesor universitario.

Felipe Calderón, darwinista social


Felipe Calderón, darwinista social
Gilberto López y Rivas
La Jornada
Lejos está Felipe Calderón de lograr legitimidad y aceptación de la sociedad mexicana. La causa es no sólo su arribo a la Presidencia mediante un golpe de Estado técnico y las medidas adoptadas contrarias al interés nacional y popular, como las alzas generalizadas a los productos básicos y el latrocinio de las pensiones de los trabajadores como botín de quienes lo apoyaron en el asalto a la silla presidencial; también resulta repudiable por sus acciones represivas y un discurso reiterativo que se caracteriza por nociones de superación individual y autoayuda, y por el acatamiento de las leyes supremas del mercado como fórmulas mágicas para salir del subdesarrollo y colocar supuestamente a México en las primeras economías mundiales "competitivas" para beneficio del capital.
Resulta significativo que el 27 de marzo pasado los jóvenes becarios de Telmex emprendieran sostenida silbatina, abucheos y descalificativos a Felipe Calderón en el Auditorio Nacional que no pudieron ocultar las crónicas de algunos medios informativos y las transcripciones oficiales del discurso presidencial que lograron sustraer del audio las protestas del graderío insurrecto. Confiaron los organizadores de tan demostrativo acto que la condición de estudiantes de alto rendimiento de la fundación de Carlos Slim -y por ello una audiencia supuestamente cautiva- propiciarían el escenario para que el titular del Ejecutivo predicara sobre las cualidades personales que es necesario cultivar para superar "prejuicios, complejos y primitivismos" que provocan culpar a los demás de las omisiones y errores propios. Pese a la vigilancia, los filtros, los solícitos conductores, el manejo del volumen del micrófono presidencial, el uso discrecional de las luces y los aplausos de las porras situadas estratégicamente en las primeras filas, la airada, digna e irreverente censura de los estudiantes de escuelas públicas y privadas hizo endurecer el gesto del orador.
La ideología de "perdedores" y "ganadores" -muy a la estadunidense- ha sido el fundamento discursivo de Calderón desde la campaña electoral, identificando a la "cultura de la pobreza", la pasividad y el derrotismo de los mexicanos como factores del atraso nacional. Estas no son ideas originales ni nuevas para explicar las causas del desarrollo y el subdesarrollo. Según esta línea de argumentación, cualquier ciudadano puede llegar a ser un exitoso millonario: el secreto radica en la actitud subjetiva de cada persona. Si los individuos se deciden a cambiar los rasgos negativos de su idiosincrasia y reafirman la creencia en el triunfo, la perseverancia, el trabajo duro y el espíritu de empresa, lograrán lo que se proponen y ese país de jóvenes emprendedores, finalmente, llegará a la meta a la que han arribado Estados Unidos, Europa o Japón.
Estos espejismos en el ámbito nacional discrepan con la realidad específica de lo que fue el desarrollo del capitalismo en estos países en un momento histórico determinado en que se dio la conjunción de factores que es imposible repetir; contrastan también con la situación actual de las masas empobrecidas por la depredación neoliberal, que incluso ha erosionado fatalmente las conquistas sociales que el Estado capitalista benefactor instrumentó en las décadas posteriores a la segunda conflagración mundial. Por más cambios que se logren en el nivel de las conciencias individuales poco o nada es posible para trastocar la relación que se establece a partir de la matriz de clase, si no es a partir de la acción organizada y consciente de las clases subalternas para acabar con la explotación capitalista.
Una suerte de darwinismo social impregna toda esta ideología del triunfo de los más fuertes y del fracaso de apáticos, débiles y desadaptados, mismo que ha servido para justificar y explicar las desigualdades sociales y la pretendida supremacía incluso racial. Cabe señalar que el darwinismo social ha sido identificado como una doctrina que defiende el libre mercado y se opone a la intervención del Estado.
André Taguieff señala que el darwinismo social -que en parte desarrolla Herbert Spencer- se fundamenta en una reducción naturalista de los fenómenos sociales mediante el uso sistemático de algunos esquemas conceptuales tomados sin rigor de la teoría de la selección natural y reinterpretados en el cuadro del evolucionismo spenceriano. La idea subyacente -afirma este autor- "es que la lucha concurrente entre los individuos como entre los grupos humanos ("razas", naciones, pueblos, civilizaciones) -debida a la insuficiencia de recursos y la sobrevivencia selectiva de los más aptos- constituyen juntos la condición necesaria y suficiente del progreso." (Du progres. Biographie d'une utopie moderne. Paris: Librio. 2001).
El éxito personal y las conductas individuales, sustraídos de su contexto histórico y del lugar que se ocupa en la estructura de clases e ignorando además las nuevas exclusiones producidas por el modelo neoliberal son -en estas perspectivas- la base del desarrollo.
Es necesario desenmascarar el discurso que sustenta la derecha mexicana representada por Felipe Calderón y los partidos Acción Nacional y Revolucionario Institucional, y el papel que su ideología juega en las actuales luchas del pueblo mexicano por la defensa de sus derechos, por la libertad y la independencia de nuestro país. Reconocer también el valor de los que hacen de la resistencia y la protesta contra la injusticia una forma de vida colectiva digna. Una felicitación expresa a los becarios que no se sometieron ante el poder y supieron representar el sentir de millones de mexicanos.

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